MEMORIAS DEL CORONEL VICTOR LOPEZ DIAZ PARTE II

ESCARMIENTO AL CALLISTA TENIENTE MORENO

(En la Puerta del Cócono, San Pedro Piedra Gorda, Gto.)

El odiado Gobierno del Presidente Plutarco Elías Calles volvió a cometer la crueldad de ordenar la
reconcentración de rancherías y pueblos de menor importancia en la zona de Los Altos de Jalisco, en
un perímetro comprendido entre San Diego de Alejandría y Zapotlanejo, y de Teocaltiche a Atotonilco
El Alto. Dicha reconcentración consistía en que los desdichados habitantes afectados por el
neroniano decreto, debían abandonar sus lugares con todo lo que pudieran movilizar, como muebles
de casa, semillas, semovientes, para irse a los pueblos y ciudades principales en poder del gobierno.
Se dió un plazo muy reducido y se amagó con la pena de muerte a quienes no obedecieran. La
finalidad era que a nosotros los Cristeros nos faltaran el alimento y los servicios de correo.
¡Inocentes! gran chasco de llevaron, pues seguimos en pie de lucha y no fue ciertamente ese
recurso por el que tuvimos que licenciarnos.

Fue por esos días de la segunda reconcentración, a mediados del mes de diciembre de 1927 y como
un mes después del combate de San José de los Reynoso, que queda referido antes, cuando, en
medio de un temporal de lluvias y heladas, nos reunimos El Catorce y yo con nuestra respectiva
tropa en la hacienda de San Sebastián, Arandas, Jal. En ese lugar y en esas circunstancias recibió
Víctoriano una orden del Lic. Don. Miguel Gómez Loza para que impidiera por la fuerza la salida de
vecinos de ese rumbo hacia San Francisco del Rincón y León, Gto.

Con esta ocasión, me indicó Víctoriano que era la oportunidad de tenderle una calada al Teniente
Moreno, situándonos en lugar oportuno. En caso de éxito, podríamos cumplir las disposiciones del
Lic. Gómez Loza. Ordenó que yo dispusiera de la gente que creyera necesitar. Escogí únicamente
quince soldados de los míos. La orden era que a los automóviles les cobrara $5.00 para pasar y que
hiciera volver los camiones cargados de semillas, mercancía o muebles.

Ante todo, quiero hacer constar quién era y cómo actuaba el referido teniente Moreno, jefe de
destacamento de la Hacienda de Jalpa de Cánovas, Gto. Salía frecuentemente, de día y de noche, a
las estancias de la hacienda a robar gallinas y todo lo que encontraba, y quemaba las casas de los
que estaban levantados en armas y asustaba a las familias. Era un hombre sin honor, un verdadero
sin vergüenza.

Un sábado por la tarde, llegué con mis 15 soldados al punto denominado Puerta del Cócono, lugar
donde se bifurca la brecha carretera de León para Manuel Doblado y Arandas, Jal., después de pasar
por Jalpa de Cánovas. Según la orden que traíamos de nuestros jefes Civil y Militar (Lic. Miguel
Gómez Loza y Víctoriano Ramírez El Catorce), procedimos al cobro por el paso de automóviles viles y
a obligar a los camiones de carga a regresarse.

Pasó la tarde sin novedad en lo militar, y ya entrada la noche, nos fuimos a dormir al rancho de Las
Peñitas. Al amanecer del día siguiente, domingo, fuimos a tomar de nuevo nuestras posiciones.
Mandé 5 soldados al mando de Eduardo Ríos, con la orden de que se situaran en lo alto del Cerro
del Cabrito, y en cuanto advirtieran que venia gente armada contra nosotros, corriera uno a
avisarme y que los otros cuatro estuvieran listos para atacarlos por la retaguardia cuando ya
estuviéramos combatiendo con los federales; Pero lo cierto es que los avezados federales
sorprendieron a nuestra vigilancia, les quitaron un caballo y los obligaron a escapar rápidamente
hasta juntarse con nosotros. Nos estuvimos quietos para que se acercaran lo conveniente y, una
vez que entraron al arroyo, abrimos fuego sobre ellos. Desmontaron en el arroyo y se afortinaron
viendo que de frente no podrían dominarnos, mandaron a unos 15 soldados que dieran un rodeo por
el lado del rancho de Las Peñitas para atacarnos a dos fuegos. Advertí la maniobra y ordené que
rápidamente fueran a detenerlos J. Guadalupe Martínez, el mencionado Eduardo Ríos y otros
soldados. Estos alcanzaron a llegar oportunamente al sitio favorable: pusieron sus sombreros sobre
la cerca de piedra y se situaron a distancia de unos 50 metros adelante. Los enemigos vieron los
sombreros en un lugar, y oyeron los disparos en otro y se tragaron el paquete figurándose que por
todo el lienzo de la cerca estaba tendida línea de fuego. En cuanto recibieron las primeras descargas
de los rifles cristeros, dieron media vuelta y emprendieron la retirada. Pronto brincaron la cerca mis
muchachos y se fueron en persecución de sus contrarios, quienes ni siquiera intentaron incorporarse
con su columna que quedaba comprometida frente a nosotros. Apenas se dió cuenta Moreno de que
habían sido puestos en fuga los que envió para coparnos, él y todos los suyos inontaron en sus
caballos e hicieron lo mismo que sus compañeros: escapar por la carretera haca su cuartel de Jalpa.
Nosotros nos lanzamos a perseguirlos.

Cortos nos parecieron los 7 u 8 kilómetros que hay de la Puerta del Cócono a Jalpa, para correr tras
nuestros enemigos y castigarlos por sus crímenes contra nuestros familiares y nuestros bienes,
mientras que a ellos les debe haber parecido inmensa la distancia. De los 30 federales que nos
atacaron, unos iban por El camino carretero y otros por Guadalupe. Perseguimos a los dos grupos
hasta que entraron a la Hacienda.

Durante ocho días, los perros encontraron despojos humanos. Supe que a Moreno le pegaron fríos
malignos, y lo cierto es que no volvió a salir.

Después de la acción cóntra el Teniente Moreno, regresamos a rendir cuenta de lo sucedido.

El resto del mes de diciembre y enero subsiguiente (1928), estuvimos casi inactivos, pues no
encontrábamos enemigo con quien pelear y únicamente, en varias ocasiones, hostigamos a Los
destacamento de Jalpa y San Francisco.

NUEVA ETAPA DEL MOVIMIENTO ARMADO

Fue aproximadamente en el mes de febrero de 1928, cuando nuestro movimiento armado recibió un
impulso notable, producido por la presencia y actividad de tres importantes personalidades.

Don Miguel Hernández, que se había ido a los EE. UU., hacía unos 9 meses, volvió y se hizo
nuevamente cargo del regimirnto de San Julián, al que quedamos incorporados los de Jalpa.

El Lic Miguel Gómez: Loza incansable en el trabajo, abnegado como pocos y tenaz en la
organización, se encontraba instalado en el Cerro de Palmitos, desde hacía pocos meses, con su
secretario, fidelisimo amigo y sucesor en la gubernatura civil del Estado de Jalisco, SR. Don Rafael
Martínez Camarena.

Por esos mismos días, apareció por lugares el Jefe Militar de los Estados de Jalisco, Zacatecas y
Aguascalientes, un antiguo alumno del Colegio Militar, Sr. Gral. Don Enrique Gorostieta Velarde, poco
tiempo después nombrado por la Liga, Jefe Supremo de la Guardia Nacional. Este General, se
ocupaba en organizar en forma técnica nuestro improvisado ejército.

Nuevo impulso recibió el movimiento armado en nuestros lugares con el hecho de que Víctoriano
Ramírez El Catorce, con su grado de Coronel, quedó oficialmente responsable de su propio
Regimiento que se denominó Dragones del Catorce.

LA FEDERACIÓN ANIQUILA

AL CORONEL DOMINGO ANAYA.

Andando ya con nuestro Jefe, el Gral. Don Miguel Hernández y estando, una tarde de febrero (1928),
en nuestro Cuartel General de Peñas Altas, llegó un correo de parte del Coronel Domingo Anaya,
solicitando una entrevista en el Romeral, donde se encontraba acampado con su gente, como unos
60 hombres. Por medio del mismo correo fue invitado por nosotros para que bajara a donde
estábamos; mas, en vista de su insistencia, acudimos al llamando.

Después de platicar algún tiempo, trató con el Gral. Hernández el asunto que los traía; nos invitaba
para ir a atacar la Plaza de León, Gto., con el fin de rescatar unos prisioneros civiles y militares;
Estos se iban a levantar en armas; pero fueron descubiertos llevados a la cárcel. Contesta Don
Miguel: Reconsidere Ud. su proyecto, puesto que en León no vamos a pelear solamente con los
soldados, sino que también con las paredes. Según el conocimiento, que tengo de la posición
geográfica y topográfica de la plaza de sus comunicaciones y de la actividad actual del enemigo,
necesitamos dos mil hombres para la vía del tren procedente de Aguascalientes, otros dos mil
soldados para la vía de México y otros tres mil para atacar la Ciudad. Además, dotación abundante
de parque. El Coronel Anaya contestó que le pedía un imposible y que por tanto su proyecto era
irrealizable.

D. Miguel manifestó al Coronel Anaya el peligro que éste corría de ser sorprendido y derrotado en el
punto que había escogido para Cuartel General (S. Isidro). Se encuentra a unos cuarenta kilómetros
de León, a unos quince de San Francisco del Rincón y unos veinticuatro de Jalpa de Cánovas. El
General invitaba a Anaya a que viniera a trabajar con nosotros; que tendría elementos de guerra y
de boca y, a la vez, enemigo con quién pelear. El Coronel Anaya agradeció la invitación; pero no la
aceptó y se fue sin más.

Unas tres semanas después, aconteció lo previsto y temido por el Gral. Hernández: el Coronel Anaya
se dejó copar: mandó que soltaran la caballada y se posesionaran para el combate; y cuando
necesitaron romper el sitio para escapar se encontraron a pie y fueron muertos todos, a excepción
del Oficial Carlos Gutiérrez con ocho soldados. Este oficial, por la experiencia que había adquirido en
un tiempo en que militó con nosotros, desobedeció la orden de dar libres los caballos; se posesionó
de un corral, y llegando el momento, logró romper el sitio con sus soldados. Gutiérrez regresó a
nuestras filas, porque le habían a su Jefe.

Estábamos acampados en los vallados de San Diego de Alejandría, cuando llegó un correo con la
noticia de que tenían sitiado al mencionado Coronel Anaya, y que solicitaba nuestra ayuda; mas en
vista de la distancia que nos separaba, causa por la cual no llegaríamos a tiempo de ser útiles, y por
el peligro de que por los planes entre Jalpa y San Isidro nos cortaron la retirada, resolvió el Gral. no
movilizarnos y dejar correr su suerte al pobre Coronel Anaya.

COMBATE DE SAN JUAN DE LOS LAGOS
setstats 1
El Gral. don Miguel Hernández, con motivo de su regreso de los EE. UU., tomó la determinación de ir
a visitar a la Sma. Virgen de S. Juan, en su Santuario de S. Juan de los Lagos, Jal., y contando ya con
los informes necesarios respecto de la Guarnición de la Plaza, nos comunicó su resolución y nos
invitó para que fuéramos a atacarla, estando precisamente en los vallados de San Diego de
Alejandría después de la muerte del Coronel Anaya.

Nosotros aceptamos la invitación y salimos por el camino que toca Barrera, Peña Blanca y S. José del
Monte para llegar por la tarde a Palmitos. Tocó la suerte de que en ese lugar se encontraba el Padre
don Arísteo Pedroza con su Regimiento de Ayo, y más aún, estaba allí el propio Gral. en Jefe, Enrique
Gorostieta Velarde. El Gral. Hernández comunicó a dichos señores su proyecto de atacar a San Juan
de los Lagos y ellos lo aprobaron y se unieron a nosotros para la acción.

Al día siguiente y siendo, por supuesto, Jefe responsable de todo el Gral. Gorostieta, nos pusimos en
marcha a temprana hora con el, fin de adelantarnos suficientemente, estar al anochecer a
determinada distancia de nuestro objetivo, y aprovechar las cuatro primeras horas de la noche, para
acercarnos sin ser vistos a San Juan hasta una media hora de distancia de la población (de camino a
caballo), cuando fueran las doce de la noche. Todas estas maniobras serían naturalmente, para
poder tomar de sorpresa a los que guarnecían la plaza. Allí esperamos hasta que, después de las
doce de la noche, llegó el último correo con la noticia de que todo estaba en calma y de que hasta
esa momento no habla movimiento de gente enemiga.

Debe hacerse notar aquí que, en la tarde anterior, se unió a nuestras fuerzas el Coronel José María
Ramírez y se puso a las órdenes del Gral.

El General ordenó la gente de tal manera que la Ciudad fuera atacada a las tres dé la mañana por
tres distintos puntos, encomendando a cada unidad, determinada línea de ataque.

A nosotros, los de San Julián, San Diego y Jalpa, nos fue asignada la entrada del camino de
Jalostotitián y nos acompañó el Gral. Gorostieta. Las instrucciones que recibimos fueron que nos
acercáramos lo más posible al centro de la población para que, dando las tres de la mañana,
rompiéramos el fuego.

En cumplimiento de esta orden, hubo quienes entraran hasta la plaza, se dieran cuanta de los
puntos y reductos de defensa enemiga, la Presidencia Municipal y algunos otros lugares
estratégicos. Por nuestra mala suerte, sucedió que, como a las dos de la mañana, una hora antes
de que empezara el combate y sin darnos cuenta anticipadamente, entró del lado de Santa María
una fuerza federal como de 200 hombres; los encontramos con la calle paseando aún los caballos.
Un grupo de estos soldados fue enviado para que nos atacara por la retaguardia, y sucedió que se
encontró con una avanzada de los nuestros, ya en las orillas de la población, formando parte de
dicha avanzada el teniente J. Guadalupe Martínez y el Sub­teniente Pantaleón Gutiérrez. Acosados
los federales por los nuestros, se metieron, para defenderse, en una troje; entonces los Cristeros
hicieron un agujero por el techo, se descolgaron por allí, mientras los de fuera forzaban las puertas,
y obligaron a los federales a rendirse. A mí me tocó recibir a los cinco primeros que presentaron al
Gral. Gorostieta, pero enseguida me mandó él que fuera a recorrer la línea de batalla, en defecto de
don Toribio Valadez, a quien le habían matado el caballo, y no me dí exacta cuenta del numero de
prisioneros; tengo la idea de que fueron unos diez y siete.

Cuando volví de cumplir mi comisión, como a las siete de la mañana, y di cuenta de lo observado a mi
Jefe, me asombré del valor y serenidad del Gral. Gorostieta. Ansiando darse cuenta de las
posiciones, parapetos y fortines del enemigo, contra nuestra insistencia, salió a media calle para
observar qué punto precisamente procedían los disparos. Nos pareció temerario su proceder, pues
erapara atemorizar al más valiente la lluvia de balas que a su derredor caían. Por fortuna, Dios lo
cuidó. El no se inmutaba.

Una vez que se cercioró bien de la situación, me dijo: "Ya mandé una parte de su gente por tal
dirección para que se acerquen cuanto se pueda al cuartel y lo ataquen. Váyase Ud., a unir con
ellos, esperando que los que vienen hacia ese mismo punto procedentes de otros lados, lleguen con
oportunidad. Me acompañé con otra parte de gente de la de San Julián y con el Mayor Eulogio
González y el Capitán segundo Hipólito Flores, y cuando alcanzamos a los enviados con anterioridad
les indiqué que, mientras unos horadaban las paredes de las fincas, otros dispararan contra las
ventanas y balcones del cuartel, donde había fortines de adobe. Un detalle: allí estaban
parapetadas y haciendo fuego las mismas soldaderas; algunas de ellas, muy gritonas, tuvieron que
quedarse con la cabeza y la desgreñada cabellera colgando por el balcón hacia la calle.

Cuando logramos llegar a la casa de dos pisos frente al cuartel, habíamos ya quebrantando algún
tanto la resistencia de los callistas; pero esta resistencia se nulificó por completo cuando, en
posición adecuada y protegidos por nuestra fusilería, descargamos sobre los pobres sardos las
bombas de mano construídas en los talleres de Palmitos. Tras de cinco explosiones, todos los que
lograron quedar con vida desaparecieron del escenario y se refugiaron en el piso bajo. En
condiciones tan ventajosas, mandé llevar una lata de gasolina, se roció la puerta del cuartel y se le
prendió fuego. Cuando se consumía la puerta esperábamos nada más que aparecieran por un
costado del cuartel los que venían a reforzarnos para entrar y acometer a los ya dominados
enemigos; pero en esos momentos recibimos del Gral. Gorostieta la orden de retirada y... no hubo
más remedio que ejecutarla, sin discusión.

Esto fue la salvación de los que allí quedaron encerrados. Tampoco los de la Torre se rindieron; ni
supe que se hubieran tomado más prisioneros que los que se refugiaron en la troje.

No puedo calcular el número de bajas sufridas por el enemigo, ni me preocupé por averiguar la
suerte que hayan corrido los 17 o 20 prisioneros; supongo que serían parados por las armas;
además, ví algunos cadáveres tirados por la calle, frente al cuartel. Del regimiento nuestro no hubo
muertos ni heridos; pero del de Ayo sí resultaron unos tres o cuatro heridos y uno de ellos de cierta
gravedad.

Yo supongo que el Gral., en vista de que ya teníamos ocho horas de pelear duro y de que nos
encontrábamos muy desvelados, decidió suspender el ataque y ordenar la retirada, aunque
contrariándonos bastante a los que ya teníamos el cuartel en nuestras manos.

Nuestra retirada fue en orden; pero, en cuanto advirtieron los sardos nuestra maniobra, cargaron
sobre nosotros toda su fusilería, aunque sin perseguirnos, siquiera a las orillas de la población.
Salimo, como a las doce del día, de San Juan de los Lagos, y nos dirigimos hacia S. Julián, caminando
a marchas forzadas, a fin de encontrar recursos para atender a los heridos lo más pronto posible.
No sé localizar el punto donde pernoctamos, pero lo cierto es que a San Julián llegamos todos (los
tres Regimientos), al día siguiente, a la hora de comer.

COMBATE DE POCITOS (S. Julián)

Como a unos cuatro días de este hecho de armas en san Juan de los Lagos, habiendo salido de San
Julián directamente a Palmitos el Regimiento de Ayo con su Jefe, el Sr. Pbro. D. Aristeo Pedroza; y
estando en el Granjeno (a un kilómetro y medio de distancia) los regimientos de San Julián y
Jalostotitlán, con sus respectivos Jefes militares Miguel Hernández y José Ma. Ramírez, acordó don
Miguel que fuéramos a visitar al Gral. Gorostieta, que se encontraba con el P. Pedroza, y al Lic. D.
Miguel Gómez Losa, en el lugar que tenía por centro de sus actividades (Palmitos).

Ibamos como a medio camino, entre los dos puntos mencionados, cuando advertimos que se dirigía
hacia nosotros un hombre montado a caballo, corriendo a toda velocidad. D. Miguel reconoció a lo
lejos en el que venía corríendo, a uno de sus correos, y luego hizo alto para esperarlo y recibir el
parte de novedades. Llega el correo y le dice: "Miguel, viene acercándose a Támara una partida de
gobierno, de Arandas; si quieres aprovechar la oportunidad de atacarlo antes que suba".
Inmediatamente el Jefe consultó con nosotros la conveniencia de atacar al enemigo todos
contestamos: "Estamos listos, mi Gral". Los Jefes que ibamos a celebrar la entrevista regresamos
rápidamente a El Granjero y encontramos a nuestra gente ya montada y formada para recibir
órdenes, pues el correo había pasado por ahí y les había anunciado la presencia del enemigo.

La tropa fue distribuida de la siguiente manera: en la columna central el escuadrón de San Julián y la
gente de Jalos, con don Miguel Hernández y don José Ma. Ramírez; por el ala derecha, el escuadrón
de San Diego de A. con el teniente Cor. don Toribio Valadez; por el ala izquierda el escuadrón de
Jalpa con el Cor. Víctor López, con orden de atacar a la retaguardia. Esta columna, no pudo alcanzar
el objetivo asignado, porque habiendo atacado fuertemente los Jefes Miguel Hernández y José Ma.
Ramírez, los federales ilegaron simultáneamente a las posiciones que habían de ocupar y que
defendieron los de Jalpa. Esto sucedía como entre las 10 y 11 horas en la hacienda de Pocitos.

Estando nosotros empeñados en el combate, ordené al Mayor Eulogio González que, con unos
quince o viente hombres; tomara unas posiciones que te consideraban ventajosas para nosotros, a
fin de intentar desalojar al enemigo de los puntos qué ocupaba en unas cercas de piedra. Se le hizo
la advertencia de que matara los caballos del enemigo para que, en caso de que nos vencieran no
tuvieran en qué perseguirnos. Fue efectiva la estrategia, pues los tomamos de flanco, y hubo un
momento en que pensé que habíamos obtenido victoria, cuando se empezaron a replegar hacia la
finca de la hacienda donde estaba su centro y dirección de mando. Por lo que a caballos se refiere,
se calcula que solamente en un potrero matamos como 62 animales.

Nos encontrábamos en lo más duro de la pelea; los callistas se nos acercaban hasta a unos 25
metros de, distancia, y cuando, loa teníamos cerca les tupíamos fuego y los que no caían se
retirabas más que corriendo volando Yo sentía ansias muy grandes de ver a tan corta distancia,
nomás la cerca de por medio, muchos rifles y hartas carrilleras con cartuchos y sin poder apoderarme
de elementos tan valiosos En una ocasión que creí oportuno, brinqué la cerca y me parapeté detrás
de una piedra siempre con el interés de recoger rifles y parque; pero fue tan abundante la
granizada de balas que me enderezaron los sardos, que no me, dejaban hacer movimiento alguno y
me cubría el polvo que levantaban; fue necesario que en la cerca hirieranmis compañeros un portillo
hasta 'el suelo para que no hicieran blanco en mí las balas enemigas. Pude unirme a ellos. No tuve la
fortuna de recoger rifles, y si me vi en aprietos.

En eso estábamos cuando me dice uno de los soldados: "Ya corrieron Sentí mucho gusto y esperaba
ver a los pelones dando la espalda; pero, como dice el adagio, "se me fue el gozo al pozo", pues
quienes habían corrido eran los nuestro: se habla desintegrado la línea , de combate y se venía
replegando.

No tuve más que aceptar la situación. Mandé al Mayor E. González que fuera a detener la gente
para hacer una retirada ordenada y para que pudiéramos sacar a los rezagados, que quedaban o a
pie. Yo me resolví a ganarles terreno, me atuve a Dios y a mi caballo, brinqué dos potreros, dejé a
un lado a los enemigos, sin que pudieran hacerme daño, y en un punto muy peligroso porque esta
hamos a corta distancia de los pelones alcancé al soldado Gregorio Coronado, quien me suplicó que
no lo dejara perecer. Lo monté en ancas de mi, caballo, mas del animal, en cuanto sintió encima un
segundo jinete, como suele decirse se fajó al reparo; el de ancas se agarró fuertemente de mí no
pude dominar la bestia y dimos con nuestras humanidades en tierra, Goyito y yo. Le dije a mi
compañero: "Encomiéndate a Dios, ya somos dos de infantería y veo muy difícil que salvemos el
pellejo".

Mas qué cierto es que donde todo falta Dios asiste". A poca distancia apareció un cristero; lo ví
parado esperándome; las balas zumbaban en todas direcciones y aquel hombre parado, sin siquiera
apelar al recurso de moverse para evitar que le pegara n. Era mi asisten te Primitivo Soto. Le dije
que se fuera pero él insistentemente se negó a retirarse si no me sacaba a mí también; accedí y
monte con él en su caballo pero luego oí nuevamente la voz de Coronado suplicándome que no lo
dejáramos. Le prometí que no lo deja amos; que llegando a una cerca que estaba allí próxima
detendría a los callistas y mandaría quien lo sacara; y pude cumplirla, pues encontré allí
parapetados a unos seis de los nuestros pertenecientes a la columna central. Ordené a uno de ellos
que en su caballo fuera a sacar a Coronado. El soldado se resistió e intentaba retirarse;
instantáneamente levanté mi rifle en actitud de disparar sobre él con lo que Se vió obligado a
cumplir con mi mandato. Y Goyito Coronado pudo salvarse.

Enancado en el caballo de mi asistente, salí como a la mitad de la columna que se batía en retirada y
mío sorpresa! en ese momento vi que el Capitán 2o. Fernando Zermeño, primo hermano mío traía de
mano mi caballo. Salté de la cabalgadura en que iba y brinqué a mi remuda; sentí como si me
hubieran nacido alas y en seguida me devolví. Viendo mis compañeros E. González Hipólito Flores y
J. G. Martínez mi actitud me preguntaron a dónde me dirigía; yo les dije que a rescatar de los sardos
a unos que se habían quedado a pié y ya los iban casi trillando con los caballos, me propusieron que
yo siguiera adelante para detener a nuestra ente y que ellos irían al rescate. Así lo hicieron con unos
25 o 30 hombres y lograron quitarles casi de entre las manos a cinco cristeros que como podían se
iban defendiendo. De los comprometidos murió uno.

Por fin, en una altura que está hacia el norte, cerca del cerro del Tolimán logramos hacer alto y
reunir a nuestros castigados contingentes. Estaba allí el Gral. Dn. Miguel Hernández quien me dijo:
"¿Qué hacernos, compañero?" Le contesté: "El triunfo se nos escapo de las manos, pero podemos y
nos conviene contraatacar". Yo me había dado perfectamente cuenta de que el enemigo babia
quedado muy diezmado en hombres y en caballada y que no resistía

un contraataque fuerte y bien planeado.

Deben anotarse aquí dos causas que explican nuestra derrota:la primera es que alguno de los Jefes
no mandó una columna de soldados que le pedí para que protegiera el lado de la Presa de Sn. Isidro
estando él en el rancho que lleva este nombre; la s segunda según supe después es que, al darse
cuenta el P. Pedroza y con él, el Gral. Gorostieta de que se combatía por allí cerca ocurrieron l campo
de la lucha, y cuando se acercaban, los nuestros juzgaron que se trataba de gente gobiernista y b
ajo esa impresión desalojaton Sus posiciones para evitar ser copados. Esto fue para los sardos una
grandisima ventaja pues ya libres de nosotros, pudieron hacer frente. y con éxito, al regimiento del
P. Pedroza.

Acordado el contraataque no dirigimos hacia Palmitos, a fin de proveemos de parque lo que se
consiguió en seguida, pues Lic. Dn. Miguel Gómez Loza mandó llevar el que tenía en algún
escondite; nos lo repartió a puños y nos exhortó a que sin pérdida de tiempo, nos fuéramos sobre el
enemigo. Cuando nos acercamos a donde creíamos hacer nuevamente contacto con los pelones
éstos, después de levantar el campo, se habían vuelto a Arandas más que d prisa. muy
destrozados, con bastantes heridos y muy pocos caballo. Seguirnos en su búsqueda hasta Támara,
pero ya era cerca de meterse el, y regresamos a Sn. Julián a celebrar lo que estimamos un triunfo.

Supimos después que Víctoriano Ramírez "El Catorce", al pasar los federales por la falda del Cerro
del "Carretero, Se situó en un punto estratégico, les hizo unas descargas y logró matarles un
Capitán y un caballo. El derrotado en ese combate fue el Gral. Miguel Z. Martínez

EXPEDICIÓN A LA HDA. DE LA PUNTA (Gto.)

Allá por los fin de abril de 1928, el Gral. Dn. Enrique Gorostieta citó a los regimientos de Ayo, Sn.
Julián y San Miguel para que se presentaran en Palmitos, municipio de San Julián. Una vez que
estuvimos reunidos juntamente con nuestros Jefes: Miguel Hernández, Pbro. Aristeo Pedroza y
Víctoriano Ramírez "El Catorce", en junta de Jefes, nos dijo el Gral. Gorostieta que tenía su
disposición una buena cantidad de parque en la Hda. de la Punta, (Gto.) y que nos aprestáramos
para ir a recogerla.

Al día siguiente nuestra reunión, que estimo aproximada a 700 hombres, partimos hacia el Norte,
por Sn. Julián, en donde comimos, y de ahí continuamos nuestra marcha, para pasar la noche en
algún punto que no sabría determinar. El segundo día pasamos, cerca de Encarnación de Díaz; el
tercero, como entre cuatro y cinco de la tarde, la avanzada desobedeció la orden del Gral. y se
internó en el poblado de, El Tecuán, donde' estableció contacto con la guarnición de federales. Se
hizo necesario que fuera una columna, considerable de los nuestros a sacarlos.

Esa misma tarde continuamos hacia la Hda. de la Punta. Apenas se habla perdido la luz del día
cuando vimos buen numero de luces y yo y, los que me acompañaban creímos que nos
encontrábamos, en las inmediaciones de la ciudad de Aguascalientes. El Gral. Gorostieta enfocó sus
gemelos hacia dichas luces y dió orden de que aceleráramos el paso y nos fuimos a media rienda, a
fin de acercarnos lo más rápidamente posible a dicha Hda. de la Punta., Es que elGral. se dió cuenta,
de que las luces que veíamos eran de un numero considerable de camiones cargados con federales,
y quería que nos anticipáramos a ellos. En definitiva, los camiones llegaron antes que nosotros;
hicimos el alto en las orillas mismas del poblado, y de allí recibimos" fa orden de retroceder; lo
hicimos caminando toda la noche.

Como a las siete de la mañana del dia siguiente acampamos en Ciénega de Mata con la
determinación dé dar forraje a la c hallada, tomar nosotros algún alimento y descansar, todo lo cual
necesitábamos con urgencia. No desensillamos; aflojamos cinchos, paseamos las remudas y las
pusimos a comer. Salíamos a buscar algo. para comer, confiados en las vigilancias que se destacaron
en sitro apropiado, cuando unos soldados que iban hacia las orillas de la población dieron el grito de
alarma al ver a la federación que se acercaba cautelosamente, por entre los trigales, en plan de
ataque contra nosotros. Y mismo los vi y corrí a avisarle al Gral., quien inmediatamente dió las
órdenes necesarias para que nos pusiéramos a salvo ordenadamente. Los pelones nos acometieron
por vario s puntos, dejándonos únicamente la salida del cerro: por allí nos fuimos y como dimos
blanco, nos agasajaron con bastante plomo. Únicamente hubo una baja; un soldado, hombre ya
mayor, padre de otros dos compañeros de armas. El parque lo recibimos no de la Hda. de la Punta,
sino de punta y caliente.

Caminamos toda la mañana y, como entre tres y cuatro de la tarde hicimos sitio en un jagüey
(aguaje) donde los caballos clavaron el hocico casi en el lodo para chupar el agua que había;
encontramos rastrojo y se lo tendimos; la tropa se vió en l a necesidad de sacrificar algunas reses
para tomar siquiera carne sola. Nos levantarnos y continuamos en dirección a un cerrito que Se veía
mis elevado. Punto estratégico para pasar la noche.

Amaneció sin novedad. Almorzamos lo que pudimos tener a mano y continuamos, dejando a nuestra,
izquierda el paso de Cuarenta. Nos martirizaba la sed, y para mitigarla cortábamos biznagas; las
partíamos y las chupábamos el jugo. Este día llegamos, al atardecer, a una Hda. ya en la sierra de
Comanja, donde acampamos y comimos lo poco que pudimos conseguir. Allí pernoctamos. Con el
nuevo día continuamos nuestra marcha, siempre hacia adelante: Iba acompañando a nuestra gente
el, Cap. 1º Cecilio Cervantes, de la región por donde atravesábamos, y guiados por él y sus
hombres (unos veinticinco soldados), quería el Gral. Gorostieta localizar y entrevistar al jefe Cristero
don Primitivo Jiménez, que operaba por aquellos contornos. Llegamos a una Hda. cercana a San
Felipe Torres Mochas; era al atardecer. Los habitantes de aquel lugar no estaban identificados con
nuestro movimiento. Las familias se negaban a proporcionarnos alimentos, y en tal situación, el Gral.
Gorostieta hizo saber a las mujeres, por medio de los oficiales, que si no se ponían luego a moler
para la tropa, tenía que llevarse de leva a todos sus hombres. La medida dió el resultado esperado
y tuvimos suficientes provisiones. Esa misma tarde, mientras esperábamos una tortillas, sucedió una
desgracia: dos soldados del regimiento del P. Pedroza estaban viendo y manejando una pistola; al
que tenía el arma se le fué un tiro y le pegó al otro en la frente, causándole con ello una muerte
instantánea. Con ayuda de los vecinos del lugar, se efectuó el sepelio en el camposanto.

Pasamos allí esa tarde y el siguiente día; el tercero, en atención a que no encontramos al referido
jefe Jiménez, entre diez y once de la mañana, emprendimos el viaje de regreso. Como a la una de la
tarde, en una brecha que faldea un cerro, encontramos dos trocas qu conducían comestibles,
principalmente galletas y latas cíe distintas clases. El Gral. Gorostieta ordenó que las trocas fueran
detenidas, y se les exigió a los conductores que proporcionaran los víveres necesarios para la tropa.
Una vez cumplida la orden se les dejó en libertad, para que con el resto de la carga, siguieran su
marcha. Huelga decir, que en las condiciones en que andábamos, el encuentro de las trocas fue
providencial y pudimos darnos un verdadero banquete.

A fin de que a mi caballo se le bajara una hinchazón que Se le habla hecho en el lomo, conseguí una
mula, le eché la silla y la monté. Por la noche me dominó el sueño sobre la bestia, y ésta, no
acostumbraba a caminar en la tropa, se apartó de ella y cuando desperté me di cuenta que estaba
solo y perdido en pleno corazón de la sierra. Desmonté, aseguré mi remuda y me puse a dormir
hasta esperar el nuevo día. En cuanto amaneció me levanté, con precaución y mañas monté en la
mala, y comencé a caminar por donde se me ocurrió que, podría encontrar a mis compañeros: a poco
andar oí voces humanas; me escondí tras de una palma mientras los que hablaban se acercaban; en
seguida reconocí a dos compañeros que, como yo Se durmieron y tuvieron que pasar la noche
separados de la gente. Subimos al cerro y pudimos daros cuenta de que en la bajada de una ladera
estaba acampada la tropa, como a unos dos o tres kilómetros e donde yo había dormido. Ya habían
salido enviados. a buscarnos, mientras, el Gral. Miguel Hernández tenía arrestado a mis dos
asistentes amagados de que si. yo no parecía ellos serían pasados por las armas para escarmiento
de los demás, a fin de que. tuvieran cuidado de sus jefes.

Caminamos todo ese día desde las inmediaciones del cerro El Gigante y como a las diez de la noche
cruzamos la vía del tren, por entre las estaciones de Pedrito y Loma. Un poco adelante acampamos y
descansamos.

Por la mañana del día siguiente, almorzamos en Unión de Sn. Antonio, Jal., y ya en terrenos del
municipio de Sn. Julián cada regimiento se dirigió hacia los puntos ordinarios de sus operaciones.

Asi a los 11 o 12 días terminó esta histórica expedición, en la, que gasta Dos tiempo y energías, nos
expusimos a serios peligros y no alcanzamos nuestros objetivos: recoger el parque de la hacienda
a, de la Punta y entrevistar al jefe don Primitivo Jiménez. Pero estimo que sí tuvo un resultado
positivamente bueno: demostrar con el numero y organización. de los soldados, el empuje y la
seriedad . de nuestro movimiento de resistencia armada al impío y tirano Gobierno de Plutarco Elías
Calles; y ésto en una extensa zona en la que tal no Se creía en nosotros.

ENCUENTRO ENTRE EL 2º REGIMIENTO CRISTERO DE LOS ALTOS "SAN JULIÁN" Y EL "54" REGIMIENTO
CALLISTA DEL GRAL. MIGUEL Z. MARTÍNEZ, EN CUACHALOTES, ROMERAL, Y MESA DE LOS TIMBRES.

Unas tres semanas después de la expedición a la Hda. de la Punta, fuimos citados pro el Gral. don
Miguel Hernández a Cuachalotes. Salí el día de la cita, obscura la mañana, de mi Cuartel General de
Peñas Altas, acompañado de la gente que era a mi mando, entre quienes se contaban los muy
conocidos Eulogio González, Hipólito Flores y J. Gpe. Martínez.

Yendo yo encabezando la columna, como a la mitad de la cuesta de Cuachalotes, me alcanzó el
Mayor Eulogio González, muy conocedor de aquellos contornos, y me dijo: "Viene una columna de
gente de Gobierno bajando de San Sebastián para San Pascual". Le contesté que, una vez que
estuviéramos arriba y en lo alto de la ceja, veríamos el rumbo que tomaba y nosotros, a nuestra
vez, tomaríamos nuestras providencias al respecto.

Llegamos a donde nos esperaba el Gral. Hernández, quien, después de cambiar saludos, nos invitó
a que desensilláramos y nos pusiéramos a descansar, mientras llegaba la gente que aún no se
había presentado. Le agradecí su invitación, pero le advertí que, al contrario de quitar sillas
nosotros, ensillaran sus hombres, pues teníamos enemigo a la vista. Accedió a mi invitación, y
además, envió al Mayor Eulogio González para que, con algunos soldados fuera de regreso a la ceja
del Cañón de Jalpa y observara los movimientos del enemigo. Antes de un cuarto de hora, volvió
para informar que por todos los lugares visibles desde aquellos puntos, no se veía un solo callista;
expresó además su opinión de que probablemente vendrían ya subiendo por la cuesta de San José
del Monte. De acuerdo con este parecer, envió el Gral. una partida de cincuenta hombres, con
instrucciones de ir a marchas forzadas para alcanzar a detener a los federales en dicha cuesta.

Apenas se habrían retirado de nosotros unos trescientos metros cuando entraron en contacto con
los pelones, que venían por toda la orilla de la ceja.

Nosotros, listos ya para montar y esperando órdenes, que nos serían dadas de acuerdo con las
circunstancias, en el mismo momento nos pusimos en plan de defensa. Siendo yo muy conocedor de
...............................................................................

LOS FEDERALES EN LOS PUEBLOS Y LOS CRISTEROS EN EL CAMPO.

EL CAPITÁN "GORRA PRIETA" Y CÍA.
DOS EXCURSIONES AL BAJÍO DE GUANAJUATO.
NOS DESPEDIMOS Y FUIMOS POR EL TECOLOTE.
UN DÍA DE SUSTOS EN EL CAÑÓN DE JALPA.
CONSEGUÍ QUE REVOCARA LA ORDEN DE DINAMITAR LA PRESA DE JALPA.
......................................................................................................................................

Sacó en seguida un oficio y me lo mostró Al leerlo, me enteré de que en él se le ordenaba nada
menos que dinamitar la Presa de Jalpa, para lo cual llevaba en una mula dos cajas con dinamita.

Yo, por mi cuenta, no podía oponerme ni menos impedir la ejecución de la orden, pero le supliqué
aplazara su cumplimiento el tiempo indispensable para localizar y entrevistar al Gral. Gorostieta,
para ver si lograba arrancarle una contra­orden. Convenimos en que no procedería sino basta que
hubiera vuelto con el resultado de mis gestiones ante el Gral. y me esperaría por aquellos
contornos. En esa misma hora me dirigí hacia Palmitos (tenía que caminar aproximadamente unos 25
kilómetros), y por ser de noche creo que hicimos mas de cuatro horas de camino.

Llamé a la puerta de la casa y salió su dueño, don J. Guadalupe Méndez, a quien le manifesté la
urgencia que llevaba de ver al Lic. Gómez Loza y al Gral. Gorostieta; el Sr. Méndez me manifestó que
ya se habían recogido a descansar, pero, ante mi insistencia y las razones que le expuse (su propia
familia es encontraba en peligro), se resolvió a despertar al Lic. Gómez Loza. Salió éste y con el
buen humor que siempre lo caracterizó, me saludó y me dijo:

¿Qué hay, chaparrito? ¿Qué hace Ud. por aquí a estas horas?"

Le manifesté que me había enterado de la orden girada para que la Presa de Jalpa fuera volada con
dinamita; que en mi humilde opinión los dueños de la hacienda no resultarían tan afectados, pues se
encontraban viviendo en México, sino que los verdaderamente dañados serían los nativos del lugar
y las numerosas familias que en el poblado y sus alrededores se encontraban por efecto de la orden
de reconcentración, muchas de ellas en las márgenes del río y acampadas debajo de los árboles. El
agua suelta cubriría e inundaría una extensa zona.

Fue en seguida a conferenciar con el Gral. Se levantó el Gral., salió y le dijo al Licenciado:

¡Ya ve! Se lo dije Ya me lo esperaba: por eso no le mandé a él la orden, a fin de no tener que
castigar una desobediencia".

Pero, en vista de las razones expuestas por el Lic., y el propio don J. Guadalupe Méndez, obtuve la
contra­orden.

Esa misma noche emprendí el retorno. Al día siguiente envié un mensajero al cuartel de don Toribio
para que le avisara que ya tenía yo en mi poder la ansiada contra­orden. El Señor Valadez se
presentó ante mí, le entregué el documento, y en esa forma pudo evitarse un desastre que hubiera
sido de incalculables malos resultados para unos cuantos ricos y un sin número de pobres.


CHOQUES CON UNA PARTIDA DE GOBIERNISTAS QUE
IBAN DE SAN JULIÁN A UNIÓN DE SAN ANTONIO
Como a últimos de mayo de 1928, nos encontrábamos con el Gral. don Miguel Hernández, en
observación, por si los federales pasaban de San Julián a San Diego de Alejandría o viceversa, en las
inmediaciones del Cerro del Tolimán. En eso nos dimos cuenta de que nuestros contrarios iban de
San Julián a Unión de San Antonio. Como andábamos en busca de qué hacer, acordó con nosotros el
Gral. Hernández que los siguiéramos y los atacáramos. Al efecto, envió una columna para que los
atrajeran hacia donde los esperaba la parte principal de nuestra gente posesionados de una cerca
doble, al pie de un relicito; otra parte se situó arriba de dicho reliz, en la loma.

Los federales eran muchos. Los nuestros, en cuanto entraron en contacto con ellos, retrocedieron y
los llevaron tras sí, conforme lo acordado. Nos atacaron de frente, sin resultado favorable para ellos
pero los que estaban en la dicha loma bajaron a repeler a los atacantes, dejaron libre la posición y
por allí se nos iban acercando para atacarnos por la retaguardia.

Para evitar n desastre emprendimos la retirada, siempre con la determinación de hacerles frente en
otro punto favorable para nosotros. El Gral. subió a lo alto de la loma, se dió cuenta de la situación y
dispuso su gente paraofrecer nuevamente resistencia.

Mientras tanto, los que habían subido al punto que anterior­ ente ocupaban los nuestros, al ver que
nos alejábamos, se lanza­ ron sobre nosotros y mataron la yegua que contaba el compañero Eulogio
González; y como no podíamos avanzar con rapidez por la resolución de no dejarlo, se nos acercaron
demasiado y nos insistían a que lo abandonáramos en su poder; le indiqué a J. Guadalupe Martínez
que él, que traía buen caballo y pesaba menos, lo subiera en ancas de su remuda y se alejara
rápidamente; así lo hizo mientras nosotros, unos veinticinco entre jefes y oficiales, deteníamos a
nuestros perseguidores.

Llegamos a donde estaba el grueso de nuestra gente esperando se acercaran los pelones; pero
éstos, al ver nuestra decisión de seguir peleando, se reunieron en un lugar plano y bajo y
continuaron su camino para la Unión de San Antonio.

Los dejamos alejarse y nos fuimos por San José de la Presa y Peña Blanca a nuestro Cuartel de
Peñas Altas. Allí el Gral. Hernández nos dejó en libertad para operar por nuestra iniciativa propia,
citándonos para verlo en San Julián, después de unas dos semanas.

CORTAMOS LAS COMUNICACIONES ENTRE SAN JUAN DE

LOS LAGOS Y LAGOS DE MORENO. MUERE EL SUBT.

EDUARDO RÍOS

Algunas semanas después del choque con los gobiernistas en las inmediaciones del Cerro del
Tolimán, nos reunimos con don Miguel Hernández cerca de San Julián, y nos fuimos hacia el norte de
dicho pueblo. Llegamos a un punto que no sé cómo se llama, pero es en el camino que une a San
Juan de los Lagos con Lagos de Moreno. Allí cortamos las comunicaciones de telégrafo y teléfono y
nos retiramos a un cerrillo a observar y esperar que fueran los sardos a localizar la interrupción de
las líneas y hacer la reparación respectiva.

En efecto, llegaron en tres camiones, se bajaron e internaron en el monte donde estaban trozados
los alambres. Cuando se acercaron a donde hicimos el desperfecto, nos fuimos sobre ellos; pero nos
vieron a tiempo, corrieron y se metieron a una finca con sus corrales que por allí está a campo raso.
Los acosamos, los obligamos a dejar los corrales y meterse a las casas; mas como ya gastábamos
dos horas en la tarea de dominarlos, pensó el Gral. que podría llegarles refuerzo y comprometer
nuestra suerte, y ordenó la retirada. Cuando nos alejábamos vimos que se acercaba una caballería
que fue a sacarlos y protegerlos para que abordaran sus camiones. En la misma retirada, fue
alcanzado por una bala el Sub­teniente Eduardo Ríos, originario de Guadalupe de Jalpa, y quedó en
el campo, cerca de los mencionados corrales. Sin más novedad, volvimos a nuestros lugares de San
Julián y Jalpa.

COMBATE EN LA CRUZ DE OROZCO, SAN JULIÁN.

El día 16 de junio de 1928, el Padre don Aristeo Pedroza fue a visitarnos llevando consigo su Rgto.
Nos encontróen las inmediaciones de Palmitos y el Cerro de El Carretero.

Tuvimos noticia de que había llegado a San Julián gran cantidad de gente gobiernista que iba en
nuestra persecución. El Gral. don Miguel Hernández se puso de acuerdo con el Padre Pedroza y, por
la mañana, nos trasladamos del Cerro del Carretero a la Cruz de Orozco, lugar que estimamos
estratégico para presentar combate.

Muy temprano estuvimos allí, de manera que, por ser punto que domina hacia todas direcciones,
pudimos darnos perfecta cuenta de que los sardos salieron de San Julián en tres columnas y en tres
direcciones d­ tintas. Una columna se dirigió con rumbo a Palmitos; otra, hacia la Cruz de Orozco,
precisamente donde nos encontrábamos nosotros; la tercera, un poco más al norte, como quien va
de San Julián a San Miguel el Alto. Tomando en cuenta los movimientos, hubo el acuerdo de que
nuestro regimiento, afortinado en unos lienzos de cerca, esperara la gente que iba directamente
hacia la Cruz de Orozco, y que el Padre Pedroza se situara a nuestra izquierda, para oponerse a los
que iban más hacia el Norte.

Los sardos pudieron darse cuenta de nuestras posiciones y organizaron el ataque. Los dejamos
acercarse a una distancia de unos 25 o 30 metros y abrimos fuego sobre ellos. Sostuvimos el empuje
del enemigo, lo rechazamos y resistimos como una hora y media peleando duramente, cuando
recibimos orden del General Hernández de levantar la gente, porque habíamos quedado solos, pues
el P. Pedroza se había retirado hacia el sur. Yo me daba cuenta de que arriba de nuestras líneas de
fuego había algún movimiento, pero pensé que el general movilizaba sus contingentes en orden al
buen éxito de la acción, pero la realidad era que los soldados del Regimiento de Ayo iban de retirada.

No pudimos seguirlos, pues los federales habían subido y nos habían cortado. No nos quedó otro
escape que la barranca, lugar por donde nos deslizamos, siendo necesario que los caballos bajaran
"haciendo cochecitos". Nos fuimos, pues, hacia el norte, cruzamos el Plan del Salto y subimos al otro
lado, sin novedad; continuamos nuestra retirada, rodeamos a San Julián, seguimos por nuestra
derecha, y por los cerros Chato y Tolimán volvimos a nuestros lugares de Jalpa.

Al pasar lista no nos faltó nadie. Tampoco supe que el Regimiento de Ayo hubiera tenido bajas. En
cambio estoy seguro que al enemigo si lo dañamos, pues desde nuestras posiciones veíamos caer a
los que eran tocados por nuestros disparos.

Sin embargo, hay que hacer especial mención de uno de nuestros soldados de San Julián que ése día
causó baja. Se llamó Pablo Ramírez, originario y vecino de San Julián (hijo de "El Mistiquil"), joven
valiente como el que lo sea. Cuando emprendimos la retirada, este muchacho se cortó solo y se fue
hacia Palmitos. Iba entre San Ignacio y El Granjeno, cuando fue atacado por los pelones que estaban
resguardando aquellos puntos, en espera de que nosotros tratáramos, tal vez, de escaparnos por
aquellos lugares. Viéndose acosado, Pablito se metió a un jacalito que estaba por allí cerca de su
camino y comenzó a defenderse de la acometida de sus perseguidores. Utilizó de la mejor manera el
parque de su mausser y de sus dos pistolas, causándole al enemigo algunas bajas. Cuando se le
acabó el parque, aventó para afuera, hacia los pelones, el rifle y una pistola, en señal de redención.
Se lanzaron luego hacia el interior de su fortín un capitán y un soldado, los mismos que liquidó
rápidamente con la carga de ]a pistola que había guardado, por lo cual ya no tuvieron valor para
tomarlo prisionero, sino que lazaron un extremo de la viga que sostenía el tejado (que le llaman
madre o gualdria), le echaron el techo encima y así lograron darle muerte.

Ahora quiero referirme a un SINGULAR PELÓN que intervino en la acción de armas narrada antes. En
cierta ocasión se presentó ante Víctoriano Ramírez El Catorce, un muchacho humilde apodado "El
Chorreado", solicitando ser dado de alta en el regimiento. El Catorce le dijo que lo admitiría si les
quitaba a los pelones el rifle que necesitaba. El dicho Chorreado fue a darse de alta con los sardos,
se hizo de confianza con ellos y ese día del combate se situó detrás de un nopal, disparaba al viento
y simulaba que veía cuando hacía blanco en nosotros, y no pudieron hacer que avanzara hacia
nuestras posiciones.

Pasó algún tiempo. El Chorreado, muy gracioso, se medía los kepís. Siguiendo la broma, hacía
guardia portando rifles y pistola y parece que todo se le tomabaa chiste. Una vez acampó el
regimiento gobiernista en un punto montañoso cerca de Sta. María del Valle, ya entrada la noche. El
Chorreado se apoderó cautelosa­ mente de dos rifles y una pistola 45, y se alejó del campamento. Lo
siguieron con lámparas de mano sin darle alcance y en la madrugada fue a despertar al Catorce su
botín ya listo para causar alta en el Regimiento San Miguel

MUERTE DEL CAP 1°, J. GUADALUPE MARTÍNEZ Y

J. REFUGIO MENA.

En la mañana del 10 de Septiembre de 1928, pasaban por la orilla de San Diego de Alejandría
nuestros compañeros el Cap. lo. J. Guadalupe Martínez y el soldado J. Refugio Mena, a la hora en que
los federales del destacamento daban agua a la caballada. Se les ocurrió a los transeúntes darles un
susto a los federales y, en realidad, los metieron al pueblo; pero otros soldados los acometieron por
la retaguardia y, en las mismas calles del pueblo. A j. Guadalupe le mataron el caballo y le
traspasaron una pierna con tiro de bala, mientras que a J. Refugio se le "armó la cabalgadura en una
boca­calle y allí le dieron muerte. En tal forma ocurrió el suceso, según fuimos informados. Como se
Ve, la broma les resultó demasiado cara a los aguerridos cristeros.

CAMPAÑA DEL JEFE DE LAS OPERACIONES MILITARES

EN JALISCO, GENERAL CALLISTA ANDRÉS FIGUEROA,

EN LOS ALTOS DE JALISCO.

Sería como a principios de la segunda semana de Febrero de 1929 cuando estando yo con mis
oficiales en mi cuartel de Peñas Altas, recibí una comunicación en la que se me avisaba que el general
Andrés Figueroa, jefe de las Operaciones Militares en Jalisco por parte de Calles, emprendería en
esos días una campaña en forma de peine, en combinación con los regimientos destacados de la
Región, pasando por valles, cerros y pueblos, a fin de acabar de una vez con los cristeros de Los
Altos, y fijando como punto de reunión el Cañón de Jalpa. Se me indicaba que notificara esto mismo a
todos los compañeros con quienes pudiera comunicarme.

Al llegar a este punto de mi narración, creo oportuno presentar un cuadro de las fuerzas defensores
que cubrían la menciona­ da región de los Altos, según pude entonces darme cuenta y lo que
recuerdo ahora.

Todo el conjunto recibía el nombre de BRIGADA DE LOS ALTOS. Su organización definitiva se debió al
General en Jefe de todo el movimiento, D. Enrique Gorostieta Velarde. Su jefe nato era el Sr. Pbro.
Gral. D. Aristeo Pedroza. Estos contingentes, que se calculan en unos 3,800 hombres, estaban
organizados en siete regimientos:

lo. Regimiento San Julián. General D. Miguel Hernández. Centro de Operaciones,

San Julián.

2o. Regimiento San Miguel. Coronel Víctoriano Ramírez (alias El Catorce). Centro de

operaciones San Miguel El Alto.

3o. Regimiento Jalostotitlán. Coronel José Ma. Ramírez, en Jalostotitián.

4o. Primer Regimiento "Gómez Loza». Coronel Gabino Flores, por Picachos y Santa Fe,

Zapotlanejo, Jal.

5o. Segundo Regimiento "Gómez Loza», Teniente Coronel Cayetano Alvarez por

Arandas, Atotonilco El Alto, etc. (Estos dos últimos bajo las órdenes del

Sr. Pbro. Cor. D. José Reyes Vega).

6o. Regimiento "Carabineros de Los Altos. Coronel Rodolfo Loza Márquez. Operó por

Zapotlán del Rey Tototlán y La Barca.

7o. Regimiento de "Ayo». General Lauro Rocha. En Ayo el Chico Degollado,

Jesús María, Ayo El Grande, etc.

La historia exige que ante estas fuerzas cristeras desfilen las correspondientes fuerzas callistas,
nombrando iquiera a los principales jefes que operaron en la misma zona de los Altos.

1.­General Joaquín Amaro Ministro de Guerra y Marina, que estableció su Cuartel en

Ocotlán, Jal.

2.­3.­Generales Jesús Ma. Ferreyra y Andrés Figueroa, sucesivamente, Jefes de

Operaciones Militares en Jalisco.

4.­General Ubaldo Garza en Arandas y Jalpa.

5.­General Tranquilino Mendoza.

6.­General Gilberto R. Limón, Jefe de las Guardias Presidenciales.

7.­General Ignacio Leal.

8.­General Espiridión Rodríguez Escobar.

9.­General Miguel Z. Martínez.

10.­General X. Garay.

11.­ General Pablo Rodríguez.

12.­ General Daniel Sánchez en León.

13.­ Coronel Quiñones.

14.­ General Saturnino Cedillo en Abril de 1929 con 8,000 hombres y con él otro general

con más gente.

15.­ General Olivares y

16.­ General Díaz y otros.

Hecho este largo paréntesis continúo mi narración.

La víspera de la anunciada reunión de las fuerzas callistas en el Cañón de Jalpa, me encontraba yo
con mis oficiales en mi cuartel de Peñas Altas (situado en el extremo oriente del mismo Cañón), con
algunos pocos compañeros más y con la resolución de trasladarme con ellos al Bajío de León; mas al
entrar la noche llegó un correo buscándome con urgencia para avisarme que se acercaba por la
bajada de Cuachalotes el Mayor Fernando Pedroza con su Escuadrón procedente del rumbo de Lagos
de Moreno.

Poco después llegó el Mayor J. Refugio Miranda con la gente a su mando desde Degollado y Ayo el
Grande. Llegaron además otros grupos de armados de los contornos, pero éstos sin jefes que los
capitanearan. Todos venían empujados por el acoso de la federación, que de todos los puntos
convergían hacía aquel mismo lugar.

Avanzada la noche, tuvimos acuerdo para resolver lo que con­vendría hacer en aquel trance hasta
cierto punto apurado. Dos fueron las proposiciones: escapar por el Bajío o pasar por en medio de los
campamentos enemigos y situarnos a su retaguardia; lo primero parecía lo más fácil y seguro, pero
conociendo yo el terreno y tomando en cuenta lo crecido del número de los que nos encontrábamos
reunidos, me opuse a que nos pasáramos al Bajío, pues seriamente nos perseguirían de cerca y sin
tregua en aquellos planes sin fin y nada estratégicos pudiendo el enemigo utilizar infantería trenes,
camiones, etc. Por lo tanto, resolvimos pasarnos furtivamente por entre San Sebastián y la Ceja de
Palmitos lugares ocupados por los pelones, conforme lo demostraban las lumbradas que tenían.

Entre las instrucciones que se le dieron a la tropa una fue que no encendieran cerillos ni fumaran. A
las doce de la noche nos pusimos en marcha y después de unas horas, ya estábamos acampados en
el cerro del Carretero.

Al amanecer, se acercó a nuestro campamento alguna gente armada. Nos pusimos en guardia para
hacer resistencia, si fuera necesario mas al marcar el ¡Alto! contestaron: VIVA CRISTO REY Y SANTA
MARÍA DE GUADALUPE. Con esto se nos volvió el alma al cuerpo e igualmente a ellos. Era el capitán
segundo Marquitos Hernández con la gente a su mando, de nuestro propio regimiento.

Pero el mayor susto lo tuvimos cuando acabó de amanecer y caímos en la cuenta de que i ajo, el pie
del cerro por el lado oriente, cerca de Támara, estaban ensillando unos sardos que calculamos en
unos 300; mientras los veíamos, ellos nos apuntaban con la mano, señal de que ya nos habían visto;
pero lo raro y favorable para nosotros fue que, una vez que echaron sillas a toda prisa, en lugar de
acometernos, partieron en dirección opuesta. Estimo que supusieron que los íbamos a atacar. Así se
resolvió aquello: aprovechando el miedo que mutuamente nos tuvimos.

De allí cada grupo partió para sus respectivos lugares, agradecidos con la Divina Providencia, porque
nos habíamos librado de caer en la trampa, haciendo nula en esta forma de campaña "PEINE" del
mismísimo Jefe de las Operaciónes Militares.

Nosotros nos fuimos de regreso llevando a los pelones a una vista. Nos desviamos un tanto de
nuestra ruta, pasamos a un lado de San Julián y subimos al Cerro Chato, desde donde vimos
columnas ambulantes de federales ya de regreso hacia Unión de San Antonio y Lagos de Moreno.
Esto sucedía ya pasado el mediodía.

Lo que supe después:

Que el general Andrés Figueroa estuvo en San Miguel el Alto los días 14, 15 y 16 de febrero salió por
la tarde de éste último y pasó la noche en un rancho a] norte de 5. Julián, llamado el Papelote con
una avanzada en Loma Alta.

Que la Providencia permitió que un correo del Gobierno cayera en manos del P. D. Aristeo Pedroza
con el pliego de la campaña que contenía detalles sobre el movimiento de tropas y lugars donde
debía terminar cada jornada. Con el conocimiento oportuno de estas cosas pudimos tomar nuestras
medidas, salir salvos y nulificar el resultado de la campaña.

LA BRIGADA DE LOS ALTOS AMAGA GUADALAJARA
MUERE VÍCTORIANO RAMÍREZ "EL CATORCE".
Derechos Reservados.
Pagina propiedad del
Comite San Jose 2003©.
Como al tercer día de haber estado en Jalpa y sus contornos, después de la campaña descrita en el
capítulo anterior, nos citó el Gral. don Miguel Hernández para que con urgencia nos reuniéramos con
él en San Julián. Sucedió que a él le ordenaron que se presentara solo ante los jefes Pbros. don
Aristeo Pedroza y don José Reyes Vega, con Lauro Rocha y seguramente también Mario Valdés y
Heriberto Navarrete, en el Cerro del Aguila, Arandas, Jal. (cerca de Santa María del Valle), a fin de
acordar lo conducente respecto a la próxima campaña contra los pelones; pero don Miguel
Hernández había perdido por completo la confianza a dichos jefes, después del asesinato perpetrado
por ellos en la persona del coronel Víctoriano Ramírez El Catorce, y en vez de tomar en cuenta la
advertencia de que se presentara solo, juntó su regimiento, movilizó todos sus contingentes.

Salimos de San Julián y, al llegar al cerro del Aguila, en la falda, encontramos una escolta como de
100 hombres. Les preguntamos por los jefes y nos contestaron que estaban más arriba, y poraquello
de las dudas dejé allí, por indicación del Gral., una partida también de 100. Más adelante, en un
lienzo de cerca, encontramos otra avanzada de igual número que la anterior. Allí dejamos también
nosotros un número equivalente de soldados del escuadrón de San Julián. Con el resto del
regimiento subimos hasta la cima del cerro.

En una enramada tenían los jefes su cuartel. Todos simultáneamente, jefes y oficiales, pusimos pie
en tierra con el Gral., y advertimos dos detalles: que la oficialidad rodeó también inmediatamente a
los jefes, y que tenían cartucho cortado en los rifles y el seguro puesto en las pistolas: como que no
se sentían muy seguros por causa de sus últimos hechos. Le pidieron explicación a don Miguel por
haber movilizado toda su ente, cuando le habían prevenido que se presentara solo. El les contestó
que, por estar lejos el punto de reunión, tuvo recelo de alguna sorpresa de parte del Gobierno, y se
aseguró trayendo consigo a sus soldados.

Después de platicar un rato indicaron que nos retiráramos de don Miguel para tratar el asunto para
el que lo llamaron; mas don Miguel les contestó que todos éramos sus colaboradores inmediatos;
todos hombres de absoluta confianza y que, por lo tanto, no era necesario que nos separáramos. En
vista de esto, los mencionados jefes con su oficialidad y don Miguel con la suya propia se apartaron
un poco de la tropa que nos rodeaba y en otra enrama­ da hablaron.

Según lo que recuerdo, se tomaron las siguientes resoluciones: el Padre Pedroza y Lauro Rocha
atacarían San Francisco del Rincón, yéndose por Jalpa, mientras que don Miguel Hernández y el Padre
Vega con Heriberto Navarrete irían a proteger dicha plaza de San Francisco, yéndose por San Julián y
Unión de San Antonio, a fin de impedir el paso de trenes entre las estaciones Loma y Pedrito.

Al regreso nos advirtió don Miguel que si lo querían perjudicar les falló por esta vez y que ya no se
expondría en otra, aun cuando volviera a recibir citatorios.

Creo que el día 2 de abril salimos, por la tarde, del Cañón de Jalpa para San Julián, adonde llegamos
por la noche; el día 3 salimos para la Unión de San Antonio; el día 4 llegamos a la vía del ferrocarril,
un poco más arriba de Pedrito. Advertimos que por la vía estaban posesionados unos sardos, y don
Miguel ordenó que se lanzara sobre ellos una carga de caballería; mas para ello había que atravesar
un campo que estaba recién desocupado del trigo, y entre unos montones de zacate empezaron a
tropezar nuestros caballos y a brotar sardos que se encontraban allí escondidos, tal vez para
tomarnos por la retaguardia, cuando acometiéramos a los de la vía. Me había tocado dirigir el avance
de nuestro ataque. En ese campo hice 8 prisioneros y con un oficial se los remetí al Gral. En la
esquitera de disparos, sentí un golpe en la rabadilla; los muchachos me vieron y no tenía nada. Lo
que sucedió fue que una bala entró por enmedio de los tiros de un cargador de mi pistola escuadra;
la bala no salió, se quedó repuntando en la solerita que queda hacia arriba.

Ya en Unión de San Antonio, uno de los muchachos me advirtió que la tapadera de la funda del
cargador no alcanzaba a abrochar y hasta entonces me di cuenta de que el golpe que sentí a la hora
de la refriega fue por ese balazo, que tuvo que disparármelo, pecho en tierra, alguno de los que
estaban apostados entre los montones de zacate, pues sólo así se explica la trayectoria de la bala.
Cuando Dios cuida a uno...

Los que estaban en la vía corrieron y se posesionaron de los corrales de una hacienda que está a
dos o trescientos metros de allí. Estuvimos esforzándonos por sacarlos de sus posiciones como unas
dos horas, hasta que a las 11 de la mañana, advirtió el Gral. que se acercaba una caballería
procedente como de Lagos de More no, y ordenó que nos replegáramos hacia el poniente y
tomáramos la altura del cerro, y así lo hicimos; mas los sardos se metieron a los corrales en donde
teníamos el encierro. En vista de que no fueron a atacarnos y de que se hizo tarde, los dejarnos y
regresamos a Unión de San Antonio. Allí volvimos a juntarnos con la gente del Padre don José Reyes
Vega, pasamos la noche acuartelados y, al día siguiente, partimos para San Julián.

De San Julián salimos cada quien para nuestros cuarteles y lugares de operaciones ordinarias, sin
haber lamentado baja alguna en esta expedición.

El Padre don Aristeo Pedroza y Lauro Rocha atacaron San Francisco del Rincón sin resultado
favorable, por no conocer terreno. Allí murió un acejotaemero de Guadalajara, creo que llamado
Roberto Rizo, cuando iba persiguiendo muy cerca al Cor. Quiñones, ya en las calles de la población.

Desde la segunda semana de Abril (1929) hasta el 30 de julio, día en que se efectuó el
licenciamiento, no hubo cosa digna de mención en actividades bélicas. La explicación de esta
inactividad está en que, por aquellose campos, ya no se veían enemigos. Unicamente en los pueblos
permanecían los destacamentos.

Después de dominar en el norte a los generales insurrectos, llegó a esta región de los Altos de
Jalisco el Gral. callista Saturnino Cedillo con unos 8,000 hombres, entre soldados de línea y agraristas
de San Luis Potosí. Puso su cuartel general en Atotonilco el Alto y destacamentos en los pueblos de
la región. No nos tocó entrar en contacto con Cedillo y familia.

MUERTE DE SEVERIANO GALLEGOS.

Como a mediados de Mayo (1929), estuvimos todo un dia en Rancho Seco, en número de unos 12.
Durante todo el día llegaron arrieros a levantar sandía para el rumbo de San Francisco del Rincón por
Jalpa de Cánovas.

Ya entrada la noche, como a las nueve, merendamos y discutimos sobre el lugar donde convendría
pasar la noche. A algunos se les ocurrió que nos subiéramos a la Mesa de los Timbes, pero pensamos
que los arrieros podrían avisar en Jalpa de nuestra presencia en aquellos lugares y, como resultado,
intentar los sardos una ingrata sorpresa en contra de nosotros. Así es que resolvimos irnos a un
punto entre Corral Blanco y San Pascual. Nos fuimos por Machuca rezando nuestro Santo Rosario,
como acostumbramos siempre; pasamos por La Ordeña sin entrar al rancho. Después de atravesar el
potrero de San Miguel, bajamos a Corral Blanco y subimos por el Puertecito y a las 12 de la noche
estábamos tocando la puerta de la casa de las Sritas. Hernández (de Peñas Altas se habían
trasladado e instalado allí, después que los pelones les quemaron sus casas). Nos ofrecieron de
cenar, pero les dimos las gracias diciéndoles que ya habíamos cenado. Nos retiramos un tanto de la
casita para descansar a campo raso;pusimos a comer los caballos y nos tiramos en el suelo (dónde
más podíamos hacerlo?). Como a las cuatro de la mañana, advirtió Eulogio González que los perros
ladraban mucho en San Pascual y me dijo que con ese ladrar de perros se acordaba de cuando llegó
a ese mismo lugar la gente de Pancho Villa. Lo que importa, le contesté, es descansar; mas él,
cuidadoso y precavido, se alejó unos 25 metros, para poder oír sin el ruido de los caballos, y como a
los 10 minutos volvió de prisa para avisarme que teníamos sardos a la vista (con la luz de la luna).
Prontamente despertamos a los compañeros, les advertimos del peligro, ensillamos y nos alejamos
cautelosamente hacia la cima del cerro, que ya estaba cerca.

Los dichos pelones llegaron a San Pascual en la misma madrugada y tomaron por guía a un joven de
apellido Narváez, hermano de Pancho Narváez, asistente del mayor Eulogio González.

Cuando pasaron cerca de donde nos movilizamos en ese momento oyeron el ruido que con los
cascos hacían nuestros caballos, y le dijeron a su gula que aquel ruido podía ser de cristeros. El les
contestó que fueran sin cuidado, que era una manada de yeguas que andaba en aquel potrero.

Otra partida de federales llevaba por gula al Sr. Estanislao Martínez, tío carnal del Mayor Eulogio
González. Estos pelones se empeñaban en atravesar el cerro en dirección a Corral Blanco para pasar
a La Ordeña; mas para ello tenían que pasar por la casa de una hermana suya, donde con frecuencia
llegábamos y descansábamos. Por eso, con engaño y con insistencia les advirtió que por allá no se
podía caminar, que era forzoso un rodeo, lo que a la postre consiguió.

Nosotros nos acordamos en seguida de los de La Ordeña, y pensamos en enviar un correo que los
pusiera al tanto del peligro, mas pensamos que podían haber enviado alguna columna directamente
hacia allá con la mira de cercarnos y que el mismo mozo corría peligro. M fin no lo enviamos.

Estábamos en lo alto del cerro de San Ignacio de Gamboa, ya casi amanecido, cuando empezamos a
oír balacera en La Ordeña. Advertimos que se fue alejando hacia el sur y por fin cesó.

Lo sucedido fue que el compañero Severiano Gallegos acababa de llegar y entrar a su casa cuando
llegaron los sardos. El montó en su caballo (muy bueno por cierto, "El Mocoso"); brincó la cerca del
patio de su casa, brincó un lienzo más y siguió hacia el Juaguiquero, por Machuca, mas al llegar a una
cerca de piedra, el caballo resistió a brincar. Severiano se vió obligado a dejarlo y bajar a Machuca a
pie, pues lo seguía de cerca un charro vestido de cuero, El Charro, arrendador de Quiñones, muerto a
poco en la Tapona, San Julián, por "el hijo del Amarillo". En lugar de subir por el arroyo, empezó a
subir Severiano por la ladera contraria donde estaban sus enemigos, hacia el dicho potrero del
Juaguiquero; los sardos, con mampuesto en la cerca, lo cazaron, lo hirieron en la pierna, después lo
rodearon, y aunque él se defendió con u mausser y su pistola, al fin lo mataron.

Atravesaron su cadáver en un caballo y lo llevaron a La Ordeña, los vecinos lo identificaron y le dieron
sepultura junto a lo& eucaliptos que están por los corrales, al sur del rancho.

ULTIMA REUNIÓN
Poco tiempo antes de los arreglos, recibió don Miguel Hernández un oficio en el que se le ordenaba
que con su regimiento se presentara ante el Padre don Aristeo Pedroza, en un rancho del municipio
de Arandas, llamado San Antonio (lugar situado al noroeste de Arandas y unos 12 kilómetros al
poniente del Cerro de La Culebra). Don Miguel me envió en su representación con un recado verbal
para el Padre Pedroza, haciéndole saber que él (don Miguel) no se presentaba, porque se
encontraba enfermo d un pie y no podía montar a caballo. Lo cierto era que D. Miguel tenía resuelto
no volver a presentarse en tales reuniones, por temor de que lo asesinaran como a Víctoriano
Ramírez El Catorce.

La reunión nuestra fue en la Mesa de los Timbes. Allí con nosotros pasó la noche don Miguel. Fueron
citados también los elementos del Bajío.

Al día siguiente, por la mañana, don Miguel se regresó a Peñas Altas y nosotros nos fuimos para
ocurrir a la cita en San Antonio. Fuimos los primeros en llegar. En el curso del día se hicieron
presentes algunos grupos de los Altos y también don José Ma. Ramírez, de Jalostotitián.

MUERE EL PADRE ARISTEO PEDROZA

Ya muy tarde se presentaron unos que nos dijeron que el Padre Pedroza había entrado en contacto
con una partida de federales, por la mañana, y que ignoraban cuál sería el resultado. Pasamos allí la
noche y al siguiente día, supimos de cierto que el Padre don Aristeo Pedroza, General en Jefe de la
BRIGADA DE LOS ALTOS, fue hecho prisionero en El Cabrito, después de haber sido herido en un
brazo porque el caballo no quiso brincar una cerca, fusilado en Arandas.

Nos regresamos a nuestro cuartel, habiendo oído insistentes rumores de que habían tenido arreglos
los Sres. Obispos D. Leopoldo Ruiz y Flores y D. Pascual Díaz Barreto con el Presidente interino Emilio
Portes Gil.

AMNISTÍA

Con la muerte del Padre don Aristeo Pedroza, acaecida el 3 de Julio de 1929; con los insistentes
rumores del arreglo de la Cuestión Religiosa y con repetidas noticias de la rendición de varios grupos
de nuestros compañeros, nosotros suspendimos nuestras actividades bélicas y estuvimos a la
expectativa, durante todo el mes de julio. El Gral. don Miguel estuvo en nuestro cuartel de Peñas
Altas durante unas semanas. Me dijo que de allí se iba a un lugar llamado La Ciénega, arriba del
Carrizo de Rubios, cerca del Josefino, pues por el rumbo de su sector merodeaba gran número de
agraristas, de los traídos de San Luis Potosí por Saturnino Cedillo. Antes de hacer esto, me escribió
una carta en la que me notificaba su determinación de presentarse al Gobierno, en vista de los
arreglos religiosos. A nosotros nos dejaba en libertad para que obráramos como nos pareciera
conveniente.

Con fecha 17 de julio, fue girada una comunicación firmada en Lagos de Moreno, Jal., por el coronel
callista Manuel V. Quiroz Lozada y por el Gral. Miguel Hernández (lo que demuestra que, a esa fecha,
ya se había amnistiado nuestro jefe). En dicha comunicación nos invitaban a que nosotros los jefes
nos presentára mos ante la autoridad militar federal, en San Diego de Alejandría, con todos nuestros
soldados y con los pertrechos que actualmente tuviéramos, con el fin de efectuar el licenciamiento,
terminar nuestras actividades defensivas como enemigos del Gobierno y recibir al efecto un
salvo­conducto que nos sirviera de garantía ante el mismo Gobierno,

Comprendimos que se había llegado el fin, que teníamos que aceptar la situación y procedimos a
juntar nuestra gente.

Ocho días estuvimos esperando al dicho coronel Quiroz Lozada en San Diego de Alejandría, y al cabo
llegó. El 29 de julio, por la mañana, salimos a encontrarlo por el rumbo de la Unión de San Antonio.

Por precaución enviamos unos pacíficos para que se cercioraran, de si los pelones venían en plan de
paz. Ellos, a su vez, también enviaron hacia nosotros correos para que estuviéramos seguros de su
llegada y de sus intenciones pacificas.

Ya que estuvimos a cierta distancia unos de otros, como si nos hubiéramos puesto anticipadamente
de acuerdo, los jefes de ambos bandos dejamos la tropa y nos adelantamos a encontrarnos.
Simultáneamente pusimos pie en tierra. Con los federales venía el que había sido Jefe Civil de los
Altos, señor don Agustín Sánchez Pérez. Fuimos por él presentados a los jefes federales y nos
saludamos de abrazo. Verificada esta ceremoniosa presentación, nos dirigimos juntos (ya casi
revueltos. . . ¡lo que son las cosas!. . ) a San Diego de Alejandría. Allí comimos los jefes y nuestros
oficiales con el jefe y la oficialidad de los pelones.

Al día siguiente, 30 de Julio, a las 8 de la mañana, en nuestros propios cuarteles, es a saber: el del
teniente coronel don Toribio Valadez y el que ocupaba yo, se presentaron los jefes callistas con su
personal y sus máquinas de escribir para extender salvo­conductos y recoger las armas largas. En
nuestro salvo­conducto constaba que todos los jefes y oficiales gozábamos del derecho de portación
de armas y, al efecto, nos dejaron las pistolas que traíamos. Por lo que respecta a los caballos, no
los recogieron, sino que nos dejaron el encargo de devolverlos a sus dueños con autorización, por
escrito, para que al entregarlos pidiéramos alguna cantidad moderada de dinero, y este dinero lo
repartiéramos entre los soldados que habían militado bajo nuestras órdenes.

No recuerdo con precisión cuantos sumaríamos los amnistiado , pero creo que seríamos como unos
280. Pasamos ese día en San Diego, mientras se le notificaba oficialmente de nuestra rendición al
jefe del destacamento en Jalpa, a fin de que nos diera garantías.

Y A NUESTROS HOGARES

EL REGRESO A NUESTRA TIERRA NATAL

El día 31 de Julio, salimos todos los del Escuadrón de Jalpa hacia la Hacienda que lleva este nombre.
Al acercarnos al poblado, alguien echó a vuelo las campanas y los federales tomaron las alturas.

Llegamos todos directamente al templo a dar gracias al SEÑOR DE LA MISERICORDIA. El Sr. Cura D.
Justo Araiza, Vicario del lugar y sucesor inmediato de nuestro querido Padre D. Pedro González, nos
recibió afuera del templo, revestido con sus sagrados armamentos y cantó el himno de acción de
gracias "TEDEUM LAUDAMUS".

Una vez cumplido este primer deber, fuimos al cuartel, presentamos al jefe nuestros salvo-conductos,
nos ofrecimos mutuamente a las órdenes y, en seguida, nos regamos por el pueblo, aceptando
invitaciones a comer, hechas por las familias del lugar. Pasada la comida, cada quién tomó su rumbo,
ya en grupo, ya aisladamente".

Así terminó para nosotros esta actividad de defensa armada contra un Gobierno que quiso, que
intentó quitarnos nuestras libertades de católicos. Actividad que duró dos años y siete meses
exactamente. Y conste ante el Cielo y ante el mundo que fue por demás honrosa, puesto que no
logró el Gobierno dominarnos por medio de las armas, sino que fue la disciplina, la obediencia a la
Liga Defensora de la Libertad la que nos redujo a paso tan doloroso como es el entregar las armas al
enemigo. Ciertamente, se nabía obtenido con los "ARREGLOS" una de las más preciadas libertades,
LA LIBERTAD RELIGIOSA, y así se habla suprimido una de las principales causas de la campaña que
habíamos venido sosteniendo. Podemos asegurar que "PERDIMOS GANANDO".

¡SEA BENDITO NUESTRO SEÑOR! Que El reciba con beneplácito los duros trabajos que por su amor y
por su Causa aceptamos! Que El acepte para su gloria la sangre de tantos compañeros y hermanos
nuestros, muertos por defender su Santa Iglesia perseguida! ¡Que El se digne ver por las viudas y
por los huérfanos! y más aún: ¡Que El se digne consolidar nuestra fe y la libertad que, con nuestro
esfuerzo y como inmerecida gracia, logramos alcanzar. Nosotros protestamos serle fieles y estar
dispuestos, mientras aliente en nosotros la vida, a defender nuestras caras libertades, siempre
unidos a Cristo Rey, al Sumo Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra y a Nuestra Madre Santísima de
Guadalupe.

Guadalajara, Jal., Méx., 5 de Julio de 1956.

Víctor López Díaz







NOTA ­ EPÍLOGO

Al cerrar sus memorias, el Coronel López Díaz expresa su deseo de que Dios "acepte para su gloria la
sangre de tantos compañeros y hermanos nuestros, muertos por defender su Santa Iglesia
perseguida".

Calles negó sistemáticamente por si mismo en el país, y por medio de sus representantes y de la
prensa comprada, en el extranjero que hubiera persecución religiosa en México. Todo se reducía,
según él y sus colaboradores, a que el clero rebelde no obedecía la Constitución y las leyes
emanadas de la misma. Y para que no hubiese más "verdad" que la suya, buen cuidado tuvo de
amordazar la prensa mexicana y controlar el cable y el telégrafo, a fin de que, ni dentro ni fuera, los
católicos mexicanos pudieran decir lo contrario.

De este modo al menos, por algún tiempo Calles logró desorientar no sólo a los católicos extranjeros,
sino también a muchísimos de los de casa.

La realidad histórica es que Calles atacó a fondo, como nadie lo había hecho, y con todo el propósito
de extinguirlas, liberta es tan esenciales a la dignidad humana como son las de conciencia, culto,
enseñanza y prensa. Y es su propia ley, la "Ley Calles", la que lo desmiente rotundamente, al afirmar
por sí y por los suyos, con testarudez insensata, que en México no había persecución religiosa.

Tal "Ley que reforma el Código Penal para el Distrito y Territorios Federales sobre delitos del fuero
común y para toda la República sobre delitos contra la Federación», fue expedida por Calles bajo el
número 515, el 14 de junio de 1926, y tenía por objeto fijar rigurosas sanciones a los infractores de
los artículos 3, 5 24, 27 y 130 constitucionales. Consta de 33 artículos, de tal modo preparados, que
son en verdad impracticables, y ello demuestra que Calles se proponía nada menos que la muerte de
la Iglesia Católica en México.

He aquí, en resumen, los delitos penados:

ejercer actos de culto, sin ser de nacionalidad mexicana (Art. lo.);

realizarlos sin autorización de la autoridad civil (Art. 2o.);

enseñar religión en la escuela primaria, aunque la escuela sea particular (Art. 3o.);

que un ministro de culto abra escuela o enseñe, en ella (Art. 4o);

establecer es cuelas primarias particulares no sujetas a vigilancia oficial (Art 5o.);

emitir votos religiosos (Art. 6o.);

inducir a votos religiosos (Art. 7o.);

incitar en acto de ministerio al desconocimiento de leyes o instituciones políticas

(Art. 8o.);

emplear la amenaza o la fuerza contra la autoridad pública o sus agentes (Art. 9o.);

críticas hecha por un ministro de culto (Art. l0o.);

asociación de ministros del culto con fines políticos (Art. 11o.);

revalidar estudios confesionales (Art. 12o.);

comentarios de asuntos políticos hechos por prensa religiosa (Art. 13o. y Art. 14o.);

emplear palabras de confesión religiosa en la formación de agrupaciones políticas

(Art. 15o.);

reuniones de carácter político en los templos (Art. 16o.);

actos religiosos fuera de los templos (Art. 17o.);

usar, fuera de los templos, vestido o hábito religioso (Art 18o.);

descuido de avisar al gobierno haberse hecho cargo de un templo (Art. 19o.);

(se concede acción pública para denunciar las faltas y delitos a que se refiere la presente

Ley (Art. 20o.);

que las asociaciones religiosas, denominadas iglesias, adquieran, posean o administren,

por sí o por interpósita persona bienes raíces o capitales sobre los mismos (Art. 21o.);

destruir menoscabar o causar perjuicios a templos obispados casas curales, seminarios,

conventos o cualquier otro edificio de procedencia religiosa pues todos son propiedad

de la Nación (Art. 22o.);

cuyas autoridades (federales. estatales o municipales deben vigilar el cumplimiento de

los artículos precedentes o exponerse a las penas correspondientes (Arts. 23o. ­ 33o)

A la vista de esta llamada ley ya no sería ignorancia sino malicia arrojar sobre el clero la
responsabilidad del conflicto y tildarlo de rebeldía y desobediencia a las leyes emanadas cíe la autor
dad, pues la ley para serlo, debe estar ordenada al BIEN COMÚN no a su destrucción - como en el
presente caso -, y la obediencia, aun a las autoridades legítimas, tiene su límite, porque si es cierto
que se debe dar al césar lo que es del césar, también lo es que se ha de dar a Dios lo que es de
Dios, y que no es lícito dar al césar lo que pertenece a Dios únicamente. Y cuando la autoridad
humana exige esto último, los súbditos, a una vez, deben lanzar el grito de los Apóstoles: ¡Antes hay
que obedecer a Dios que a los hombres! aunque este grito cueste la vida.

Y éste fue el caso de la Iglesia Católica, en tiempo de Calles.

La Redacción de DAVID.

ESTA ES LA SEGUNDA DE DOS PARTES DE LAS MEMORIAS NARRADAS POR EL CORONEL CRISTERO
VICTOR LOPEZ. FUERON TOMADAS DE LA PUBLICACION "EDITORIAL DAVID".
Derechos Reservados.
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Como queda dicho, Andrés Figueroa general callista fracasó en su campaña de PEINE, en los Altos
de Jalisco, a mediados de febrero de 1929. Viene en seguida un acontecimiento importante que
Complica gravemente la situación del gobierno, situación hasta cierto punto ya comprometida por
el empuje creciente que tomaba, en esa época, el movimiento de resistencia por parte de los
Cristeros.

Se trata de la rebelión contra el propio Gobierno, encabezada por el general Gonzalo Escobar y
secundada, entre otros por los geenrales: Aguirre, en Veracruz; Manzo en Sonora y Marcelo
Caraveo, en Torreón, Coah. A fin de enfrentarse a dicha rebelión, Calles mismo Se puso al frente
de las tropas. Hubo de disponer de los contingentes que tenía diseminados en la región de Los
Altos y algunas otras zonas, dejando desguarnecidas casi todas las plazas.

Aprovechando esta oportunidad, el general Gorostieta resolvió movilizar sus tropas, de acuerdo y
en combinación con las de los generales insurrectos.

Sería como en la primera semana de marzo de 1929 cuando recibimos cita del referido primer Jefe
Gorostieta y acudimos a ella al rancho de San Ignacio, del municipio de San Julián, al sur del
pueblo. En esta reunión ordenó que, en determinada fecha, nos reuniríamos los cuatro
escuadrones con nuestro jefe general Miguel Hernández, a fin de que con los demás regimientos
de Los Altos marcháramos sobre Guadalajara.

Parece que la determinación del general Gorostieta era combinar su acción con la de los enemigos
del Gobierno, de manera que mientras los generales rebeldes, antes dichos, avanzaron del norte
hacia el centro, por Mazatlán, Nayarit, etc., los cristeros amagaran Guadalajara: los de Los Altos
de Jalisco tratando de pasar el Río Santiago, y los de Colima y el Sur de Jalisco acercándose por el
Poniente. De hecho el 19 de marzo hubo un importante comba­ te en Cocula, Jal., sufriendo
completa derrota los callistas.

En esos días aconteció el asesinato de Víctoriano Ramírez "El Catorce". Poco tiempo antes, había
llegado a esta región, enviado por la Liga, un individuo llamado Mario Valdés. Se decía que era de
Chihuahua. Se le incorporó al regimiento San Miguel con el grado de Mayor y pronto suplantó al
jefe del mismo, el Coronel Víctoriano Ramírez alias El Catorce, dejando a éste un reducido numero
de soldados que le sirvieran de escolta. Todos estos movimientos y cambios no debieron de ser
ajenos al general Gorostita.

El día 7 del mencionado mes de marzo, Víctoriano Ramírez El Catorce entró, por la mañana, a San
Miguel El Alto, en medio d las aclamaciones del pueblo. Lo acompañaban los pocos soldados que le
permanecían fieles. A las tres de la tarde, entró Mario Valdés, acompañado de J. Jesús Jiménez,
antes secretario del Catorce, y como 60 hombres más. Valdés e entregó a la embriaguez y
permitió que sus soldados cometieran tropelías. Y porque Víctoriano Ramírez reprobó tal conducta,
Valdés ordenó que lo desarmaran lo mismo que a sus soldados La orden se cumplió en sus
soldados más no en el jefe, que se negó a entregar las armas.

Víctoriano Ramírez fue invitado, por la noche, a una cena organizada por Valdés y Jiménez. El
invitado asistió, pero se negó a tomar lo que le ofrecieron de merendar, temiendo ser
envenenado, y al intentar salirse de la casa, lo siguió Valdés. Viendo la actitud desleal de Valdés,
el asistente de Víctoriano, de nombre Primo Ramírez, disparó sobre el perseguidor de su jefe, pero
no logró hacer blanco; no así J. Jesús Jiménez que en el acto mató a Primo.

Víctoriano logró escaparse. Valdés ordenó que se le disparara, no obstante los nutridos grupos de
familias que habían salido a ver lo que pasaba, y ofreció $2.000.00 a quien se lo entregara vivo o
muerto. Pero nadie disparó ni nadie quiso ganarse los. $2,000.00. Después sacó del mesón de
San Pedro a Dominogo Vázquez compañero del Catorce. Ya desarmado le dieron diez y siete
balazos, trituraron su cadáver con los cascos de los caballos, y así terminó el acto de esta
tremenda tragedia. (Diario de la Srta. Concepción Alcalá, San Miguel El Alto, Jal.)

En cumplimiento de lo ordenado por el general Gorostieta, nos juntamos en San Julián, el 13 de
marzo. Allí se unió a nuestro regimiento el coronel Víctoriano Ramírez "El Catorce", con cl fin de
acudir a sus jefes para que le hicieran justicia por el atropello cometido contra él y sus compañeros
en San Miguel El Alto, el día 7, por parte de Mario Valdés, así como para reclamar su caballo "El
Chamaco", que era un caballo entero de muy buena cruza, que traía prestado Víctoriano de su
dueño el Sr. José Márquez, de San Julián. El caballo fue arrebatado por Valdés, el mencionado día
7. Se dijo después que terminada la resistencia popular, Valdés dió este caballo al Gral. Saturnino
Cedillo, a cambio de un automóvil.

El día 14, a las dos de la tarde, llegamos a San Miguel. El pueblo sabía de nuestro paso, por allí,
por una carta que envió el general Hernández a alguien, suplicando a los habitantes hicieran la
caridad de tener alimentos preparados para la tropa. Numerosas familias mostraron simpatía y
beneplácito por la presencia del regimiento San Julián, saliendo a su encuentro. Creo que seríamos
como unos 500 soldados.

El día 15, salimos de San Miguel y pasamos la noche, creo yo, en la Capilla de Guadalupe, al pie de
Cerro Gordo, por el lado norte.

El día 16, continuamos nuestro viaje hacia Tepatitlán. En ésta trayectoria, observé que D. Miguel
Hernández le insistía a Víctoriano que no llegara a Tepatitlán; que no convenía que se hiciera
presente a los Jefes que podían encontrarse predispuestos para atender lo que él exigía; que se
regresara a la zona del regimiento San Julián con una escolta de 25 hombres y que ya después se
vería el giro que tomaba su asunto. Pero Víctoriano seguramente porque se consideraba inocente,
tenía fe y confianza en sus jefes, dando más importancia a las razones que lo impulsaban a seguir
adelante que a las expuestas por el jefe Hernández. Dijo que no le convenía separarse y venir
huyendo de unos y de otros, callistas y cristeros, y siguió de frente a encontrarse con la muerte.
Yo oía todo aquello, pero sin darme exacta cuenta de lo que se trataba, pues ignoraba lo
acontecido en San Miguel El Alto.

A las dos de la tarde, llegamos a Tepatitlán, por la calzada que es ahora la entrada por la
carretera yendo de Guadalajara. Formamos nuestra gente en el cuadro de la plaza y cuando
pusimos pie en tierra, se presentó un oficial con sin oficio que entrego a don Miguel Hernández, en
el que le ordenaba que se presentara en la Presidencia Municipal en donde estaban instalados los
jefes: Padres Aristeo Pedroza y J. Reyes con Lauro Rocha y Mario Valdés. Víctoriano Ramírez "El
Catorce" y yo acompañábamos a don Miguel.

Ibamos en el primer descanso de la escalera cuando otro oficial entregó a don Miguel un segundo
oficio en el que se le ordenaba que desarmara a Victoriano Ramírez El Catorce. Por indicación de
don Miguel Hernández leí la orden a Victoriano (éste no sabía leer) , y sin oponer resistencia
entregó su pistola reglamentaria, que era lo único que traía. Continuamos subiendo y, antes de
llegar al segundo piso, le fue entregado a don Miguel un tercer oficio para que acuartelara la tropa
y que nadie saliera, que e llevaran al cuartel los alimentos. Entonces me ordenó mi Jefe que diera
yo cumplimiento a esa orden, mientras él se presentaba al Cuartel General.

Después de acuartelar la tropa, volví a la Presidencia Municipal, y me llevé la desagmdabilísima
sorpresa de encontrar a Victoriano Ramírez El Catorce ya preso en un cuartito, en el piso bajo, con
dos centinelas de vista y guardia doble basta la calle. En cuanto lo ví, sin pedir permiso a los
centinelas, me fui hacia él con el fin de averiguar la causa del arresto. Me dijo que ignoraba por
qué procedían en esa forma contra él. Yo no me hacía el ánimo a retirarme dejar al compañero en
tan humillante situación, pero luego un Mayor me hizo la indicación de que me acercara a él. Atendí
y me dijo con muy corteses palabras que me suplicaba me retirara, pues tenían orden de impedir
que persona alguna se acercara a Víctoriano, que le tenían incomunicado y que él ignoraba por
qué causa. Por el estado de ánimo en que me encontraba no tome tan en serio la exigencia del
Mayor y me volví a estar con Víctoriano; pero éste me dijo que, estando allí, me exponía y que
seria mejor saliera y fuera a ver qué podía hacer en su favor ante sus jefes, y, sobre todo, que
viera a don Miguel Hernández.

Siguiendo esta indicación, me retiré y subí con el interés de ver a los jefes, pero, al llegar arriba,
me encontré con que todas las puertas estaban cerradas. Pregunté a unos oficiales dónde
estarían los jefes y me contestaron que estaban en junta secreta; que no se les podía hablar.
Esperé allí hasta las cinco de la tarde, y, en vista de que no salían, salí yo del edificio con el fin de
tomar algún alimento. Al pasar informé a Víctoriano que los jefes estaban en junta, que no me
había sido posible hacer nada en su favor, pero le prometí que seguiría en mi empeño. Volví,
esperé y, como a las 7 de la noche, salió Don Miguel Hernández. Le pregunté sobre el asunto de
Víctoriano y él se concretó a tomarme del brazo y me hizo indicaciones de que nos retiráramos de
allí. Estando en la calle, le insistí, pero él me advirtió que me diría algo cuando estuviéramos más
lejos. Ya casi llegando al cuartel, me dijo: "Es muy difícil que se salve Victoriano". Le pregunté si
valdría el recurso de ir toda la oficialidad del regimiento a suplicar su libertad, a lo que me contestó
que podíamos apelar a dicho recurso, aunque él preveía que no daría resultado.

Por ser ya de noche, no llegamos al cuartel donde se alojaba nuestro regimiento, sino que nos
pasamos una cuadra más abajo y escogimos una casita que nos pareció conveniente para que se
hospedara don Miguel Hernández. Toqué la puerta y pedí albergue para el jefe de un regimiento
que, por encontrarse enfermo, no podía quedarse en el cuartel, al descubierto. Inmediatamente
ofrecieron un aposento amueblado y cómodo para el jefe don Miguel. La verdadera causa de
tomar esta medida, como luego e advierte, era que el Sr. Gral. D. Miguel Hernández había entrado
justificadamente en desconfianza respecto a los jefes y, por precaución, quiso pasar la noche
donde nadie, sino solamente yo supiera. Me dió la orden de que guardara secreto sobre el lugar
de su des­canso, me autorizó para que me impusiera del contenido de las comunicaciones que
pudieran llegarle, durante la noche, y me mandó que fuera a rendirle parte de novedades.

Después de cenar, fui al Cuartel General acompañado de toda la oficialidad en comisión de parte
del Rgto., a pedir la libertad de Víctoriano Ramírez El Catorce. Dicha comisión estuvo integrada por
las siguientes personas: Coronel Víctor López, Teniente Coronel Toribio Valadez, Mayor Eulogio
González; Caps. Primeros J. Guadalupe Martínez y Constancio Pérez; Caps. Segundos Fernando
Zermeño y Bruno Alba; Tenientes Hilario Franco y Francisco Gallegos; Epifanio Gallegos y algunos
más que por ahora no recuerdo.

Esperamos bastante tiempo y, como a las 11 de la noche, apareció por allí el Padre don José
Reyes Vega. Le manifestamos que íbamos a pedir la libertad de Víctoriano, en nombre de todo el
regimiento, con el interés de que, en el caso de que ya le hubieran quitado el mando de fuerzas,
pudiera militar en el Regto. nuestro aun cuando no se le reconociera grado alguno en el escalafón.
El nos contestó que ya era avanzada la noche y que ignoraba dónde se encontraba a esa hora
"Aristeo" (El Padre Pedroza); que nos fuéramos sin pendiente, que a Víctoriano nada le pasaría y
que, al día siguiente, por la mañana, lo dejarían en libertad; y que en todo caso lo invitaría él
mismo para que se incorporara a su regimiento. Con ésta contestación y promesa nos fuimos
confiados a descansar a nuestro cuartel. Pasada la media noche, fue enviado un oficio para el Gral.
D. Miguel Hernández. Fui yo en persona a llevárselo a su alojamiento.

Se le ordenaba que, dando las cuatro de la mañana, él, con su regimiento debía ir desfilando
frente al Palacio Municipal (el Cuartel Gral.) hacia Zapotíanejo. Esta disposición superior encerraba
para nosotros la primera decepción respecto a las promesas que la noche anterior nos hizo el
Padre don José Reyes Vega, acerca de la libertad de Víctoriano Ramírez El Catorce, y seria y
fundadamente empezamos a temer por su suerte. Aumentaron nuestros temores cuando, al salir
de la población, encontramos un automóvil con los faros apagados, el cual nos pareció
sospechoso. Continuamos nuestra marcha y, como al salir el sol, llegamos a Paredones (El
Refugio). Encontramos allí unos pacíficos montados en caballos, quienes nos dijeron que de
Zapotíanejo se veía venir gente armada y que no sabían si se trataba de callistas o cristeros. Por
precaución, ordenó el Gral., que nos posesionáramos de los corrales de las casas del poblado, por
si teníamos que vernos con el enemigo. A poco rato, pasó un automóvil cuyo chofer dijo al Gral.
que la noche anterior había sido sorprendido en Zapotíanejo el Coronel Rodolfo Loza Márquez con
su Regto. por el Gral. Miguel Z. Martínez y que la gente que veía eran los componentes de dicho
Regto.

Aprovechamos nuestra llegada y permanencia en Paredones para buscar algo de almorzar y,
gracias a Dios, lo encontramos.

Estando allí, recibió el Gral. Hernández dos oficios de la comandancia: en uno le ordenaba que
suspendiera su avance, hasta nueva orden en el otro le mandaban que hiciera saber a jefes,
oficiales y tropa que todo aquel que se mostrara inconforme con la suerte de Víctoriano Ramírez El
Catorce, sería pasado por las armas.

De lo poco que nos insinuó don Miguel Hernández acerca del juicio sumarísimo en el Consejo de
Guerra en Tepatitlán; del hecho de que nos hayan mandado adelante en la vanguardia y ahora
tan temprana; de las sospechas que despertó en nosotros el coche que encontramos al salir de
Tepatitlán y, finalmente del contenido del tronante oficio: de todo eso y de la actitud de nuestros
jefes, dedujimos que Víctoriano había sido muerto. Ese mismo día, por la tarde, supimos la noticia
cierta de que nuestro estimado compañero de armas había sido asesinado con arma blanca, en el
cuarto que le servía de prisión, en la madrugada de ese mismo día 17 de marzo de 1929. Se dice
que el autor material del crimen fue un individuo apellidado Cholico, vecino de un punto cercano a
Atotonilco El Alto.

Este hombre, El Catorce, ya célebre por su valor y sus hazañas puso ese valor al servicio de la
Causa de Cristo y de su Iglesia y, por consiguiente, de la Patria, desde el lo. de Enero de 1927
hasta el 17 de Marzo de 1929, y con ese valor y en ese plan consumó nuevas y célebres hazañas.
El, que fue la base del triunfo en San Julián derrotando completamente a Espiridión Rodríguez
Escobar; él, que hizo morder el polvo a los federales en La Cacayaca y en El Camaleón; él, que con
constancia digna de la Causa que defendía reclutó soldados y organizó su regimiento; él, que
cuando, por efecto de la primera reconcentración, huyeron todos los jefes de la región y e
dispersaron los soldados, se quedó en pie de lucha en compañía de un reducido número de
soldados y fue la base para la reorganización (si viviera el Lic. don Miguel Gómez Loza daría
testimonio de este hecho); él, que rechazó las insistentes invitaciones a la rendición de parte de
los Grals. Garza, Limón y otros, contestándoles que, cuando la Iglesia gozara de libertad, no
necesitarían invitarlo, que él se retiraría a la vida privada; él, que rechazó asimismo las
invitaciones hechas de parte de los Grales. rebeldes al Gobierno: Aguirre, Caraveo, G. Escobar,
Manzo; en fin, el hombre que llegó a ser legendario, que llegó a ser terror para los enemigos y
amigo de mucha estimación para los cristeros armados y pacíficos, especialmente para Gómez
Loza y Carlos Blanco, cayó en manos de aquellos que debían reconocerle sus méritos y darle el
correspondiente premio. El odio de unos, como Mario Valdés y J. Jesús Jiménez (juntamente con la
envidia) influyeron sagazmente en la voluntad de otros como los Padres don Aristeo Pedroza y
don J. Reyes Vega y tal vez en el joven Heriberto Navarrete, dando esto por ultimo resultado una
pantomima de juicio sumarísimo, después de una aprehensión facilitada por la confianza y buena
conciencia del aprehendido, y una muerte ignominiosa para la víctima, por no merecerla, y para los
victimarios por que mancharon su nombre con esa sangre inocente.

Me resisto a creer que Víctoriano Ramírez El Catorce haya sido asesinado por orden (ni siquiera
con anuencia) del Gral. Gorostieta. Para opinar en este sentido me apoyo en los siguientes
hechos; este asesinato constituye un golpe durísimo para nuestra Causa y nuestro movimiento,
pues causó descontento en todos los simpatizadores pacíficos y colaboradores, no menos que en
los armados de la Región de Los Altos. Por otra parte, llenó de satisfacción a los gobiernistas y al
mismo Gobierno, puesto que lo que el Gobierno no había podido lograr: matar al jefe que, en
tantas ocasiones, lo había derrotado, lo consiguió por medio de los propio jefes cristeros. Por lo
asentado, se ve que este asesinato revela a todas luces perversidad, odio y falta de talento y al
Gral. Gorostieta no lo estimo ni perverso ni mucho menos tonto, al grado de echarse encima a
pacíficos y gente armada y ayudar tan torpemente a la causa del enemigo. El mismo se gloría de
haber alcanzado estimación y autoridad entre el pueblo y la tropa, sin haber recurrido al
derramamiento de sangre. (Comunicación que consta en "Los Cristeros", de J. J. González).

De allí en adelante seguimos en la lucha, como era nuestro deber, pero atormentados por un
grande y constante disgusto y por no pocos temores, pues ni entonces ni después pudimos
justificar el asesinato perpetrado en el que había sido nuestro muy es­ timado jefe y fiel
compañero. Y por otra parte, con lo que hicieron en él no nos consideramos seguros, aun cuando
fuéramos inocentes. Por ejemplo, el Gral. don Miguel Hernández, mientras anduvimos en esta
campaña, dejaba su Estado Mayor y su escolta, por la noche, y buscaba seguridad yendo a
descansar en medio de nosotros, jefes y oficiales del escuadrón de Jalpa.

Como a las 12 horas, recibimos orden por escrito de continuar la marcha hacia Zapotíanejo. Y
seguimos a la vanguardia, mas antes de llegar a dicho pueblo nos llegó, también por escrito, una
orden más, a efecto de que acampáramos fuera del poblado, a un lado de la carretera. Así lo
hicimos, cayendo en la cuenta de que los demás jefes con sus respectivos regimientos pasaron,
entraron ala población y se acuartelaron allí. Ya en la noche, se nos ordenó entrar a Zapotlanejo a
cenar (nos habíamos pasado el día sin comer) y que después de la cena saliéramos a un puesto
de avanzada, a fin de proteger la entrada al lugar, por el lado de Guadalajara. En todo
obedecimos.

Al día siguiente, 18 de marzo de 1929, por la tarde partimos (ya no en la vanguardia, pues ya no
había peligro por estar la región libre de pelones) hacia el Cerro de Sta. Fe. Los días 19, 20 y 21
los pasamos recorriendo aquellos contornos hasta bajar al Río Santiago, frente a Poncitlán. El 22
nos volvimos, pasando por un punto llamado El Platanar, y por la noche nos acercamos lo
conveniente al pueblo de Juanacatlán, con orden de atacar al día siguiente, a las cuatro de la
mañana.

El día 23, según supe después, estaba tendida la línea de combate a lo largo del Río Santiago, por
el lado oriente, desde Puente Grande hasta Poncitlán. En este último punto, se situó la gente del
Padre Pedroza y tal vez otros jefes conocedores del terreno y pelearon muy duramente contra la
gente del Gral. gobiernista Amarillas, deteniéndole por horas y días un convoy de ferrocarril que
iba para los Estados del poniente a combatir a Manzo y socios. Y consta que les hizo gran
destrozo en tropa y material bélico en Puente Grande. Había elementos cristeros suficientes para
entrar en acción y de hecho se combatió con rudeza. A nosotros, como queda dicho, nos fue
asignado como objetivo de nuestro ataque el pueblo de Juanacatlán. A la hora indicada, a las
cuatro de la mañana, mi escuadrón se lanzó al ataque bajo el mando del Mayor Eulogio González,
pues el Gral. Hernández me ordenó quedarme con él a la retaguardia.

Después de dos horas de brega y sin haber recibido parte alguno sobre el desarrollo de la acción,
conseguí licencia para acercarme al lugar y darme cuenta de cómo se encontraba mi gente. Y
quiero modestamente advertir que me encontraba inquieto y contrariado, pues era la primera vez,
en más de dos años continuados de dura pelea, que despachaba a mis compañeros y yo me
quedaba fuera de peligro.

Cuando llegué a la orilla del pueblo, supe que los federales habían sido ya dominados; que, como
los nuestros habían tomado posiciones ventajosas, habían obligado a los sardos a bajar de las
alturas del cuartel; que una vez que los desalojaron de las alturas, hicieron un agujero por la
azotea y obligaron a los enemigos a abrir la puerta y emprender la fuga. Pude ver a los últimos
pelones que iban pasando el puente para llegar a la Fábrica de Hilados Tejidos de Juanacatlán (El
Salto).

Había, por el mismo lado del Río y cerca del puente de Juanacatlán, un cerrito, y en él un fortín
hecho de adobe, y en el fortín cierto número de soldados callistas que resguardaban el paso del
dichoso puente. Tocó al teniente coronel don Toribio Valadez atacar ese puesto. Estuvieron
intentando vencerlos, sin conseguirlo. Pasaba por allí, de ida y vuelta un avión, y en cada pasada
dejaba caer una bomba, que iba a dar al fondo del río o entre las peñas, siempre lejos de
nosotros. En una de sus pasadas bajó lo suficiente para hacer blanco en él, con nuestros rifles; a
los disparos, se les desprendió un pedazo de palo que cayó al río. El aparato se clavó por el lado
de la fábrica y no apareció ya mas.

Después de que sacamos a los sardos, éstos se fueron en columna de caballería por la margen
poniente del río, corriente abajo, buscando tal vez algún vado para pasar y atacarnos por el
flanco. Entonces el Gral. ordenó que una partida de 50 hombres les impidiera el paso; mas, cuando
cumplí yo esta orden, oyeron que se trababan descargas de fusilería con otra gente de la nuestra,
situada río abajo, y ya no fue necesario que los de nuestro regimiento llegaran al objetivo indicado.

Serían como las tres de la tarde cuando nos levantamos y regresamos nuevamente con rumbo al
Cerro de Santa Fe, y cerca de este cerro pasamos la noche. Al día siguiente, nos juntamos en esos
contornos con los Padres Pedroza y Vega y así, todos juntos, entramos a Zapotlán del Rey. En
este lugar se quedó una parte de la gente, otra en Tototlán, y nuestro regimiento de San Julián,
solo, siguió para Atotonilco el Alto. Pasamos la noche en esta población. Mi caballo "se cargó" de
las manos, lo sangraron; pero ni así pudo caminar, y lo dejé; pero el General Hernández me prestó
su yegua que traía de mano.

Salimos con destino a San Julián por Arandas, a donde llegamos sin novedad, únicamente con la
pena de la muerte de Victoria o Ramírez El Catorce. En San Julián, supimos que en Jalpa no había
ya pelones y al día siguiente, temprano y a marchas forzadas, partimos para allá, a fin de visitar
nuestra tierra y saludar a nuestras familias.

ULTIMO COMBATE DE IMPORTANCIA EN EL QUE
PARTICIPO EL ESCUADRÓN DE JALPA.
LOS CRISTEROS EN LOS ALTOS DE JALISCO
HEROES DE NUESTRA TIERRA